Opinión

Aceite de oliva

No baja la hipoteca, al menos que baje el aceite. Las lluvias de marzo propician mejoras en el sector y por tanto se atisba alguna bajada de precio oleícola. La cosa se estaba poniendo de tal manera que va a ser más barato echarle caviar o trufas a la tostada. El buen aceite engrasa nuestro organismo pero nuestra relación con la botella de litro se estaba oxidando. El aceite está tan caro que ya no sale barato ni tener un carácter untuoso. El precio del aceite subió también por el acuerdo tácito, que ahora se rompe, de muchas grandes superficies para acordar el precio. Y por apalanque para sacarlo al mercado cuando más convenga.

Antes alguien decía voy a por tabaco y no volvía. Ahora dices voy a por aceite e igual tienes que quedarte ingresado por fallo multiorgánico en el bolsillo. La dieta mediterránea es a veces tan cara que lo único mediterráneo que nos podemos permitir es mirar el horizonte, las olas, al fondo África, los veleritos y un niño en la orilla que ansía meter a paladas el universo en su cubo. Nuestras vidas son los lineales de los supermercados, que van a dar a las ofertas, que es el morir. El aceite es una bomba de salud cargada de futuro pero a nosotros lo que nos importa no es cuánto le queda a los precios altos, sino cuánto nos queda a nosotros. Menos si no tomamos aceite de oliva.

Los olivos milenarios han visto de todo, pero a lo mejor nunca han contemplado semejante coste del aceite, que entristece al abuelo, encabrona al amo de casa y se convierte en chorrito instagrameable para la ejecutiva en postureo. Como con tantas cosas en la vida, podríamos conformarnos con sucedáneos o imitaciones. No siempre es rentable a la larga. Ni sabe igual.

El aceite de oliva tiene militantes y a los afiliados les es muy difícil ejercer el transfuguismo hacia el de girasol. Que no es malo pero no es lo mismo. En ocasiones veo aceite: en el frasco sin dosificador de un restaurante, donde te lo plantan en la mesa como quien planta un Rioja de añada excelente. Hay que proceder entonces a mojar pan y solazarse con el aroma, el sabor y la textura. Hay sabiduría en un pan con aceite. Sabiduría que a veces hay que emplear en no comprarlo.

Ojalá que llueva café, dice la canción. Ojalá lloviera aceite. O mejor, agua, la de toda la vida. Que riegue campos y alivie pantanos, limpie miedos y engorde aceitunas. Entonces bajará más lo que cuesta producirlo. O eso nos dicen, por que a veces nos mienten a cualquier precio.