Opinión

Política espectáculo

“Todo tiene que ser un show y todo el mundo lo hace”. La frase corresponde a una muy interesante entrevista de la periodista de El Mundo Teresa Guerrero con Juan Luis Arsuaga, codirector de Atapuerca. El paleoantropólogo sostiene que no sólo los políticos, “también los escritores, los futbolistas, los científicos…Todo el mundo tiene que contribuir al espectáculo”.

No es un fenómeno nuevo. Haciendo un poco de memoria, encontramos múltiples ejemplos. Espectáculo fue en 1960 cuando, en plena Guerra Fría, Nikita Krushov se quitó el zapato para golpear con él su estrado en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Espectáculo fue cuando el líder palestino Yasir Arafat dejó ver su pistola en el mismo escenario mientras pronunciaba un discurso en 1974. Y espectáculo fue cuando el pasado viernes el representante de Israel trituró en la misma tribuna la Carta Fundacional de la ONU.

En España, todos recordamos el show de Fraga bañándose en las aguas contaminadas de Palomares. O al mismo Fraga quitándose la chaqueta, en tono amenazante, durante un mitin que unos jóvenes pretendían boicotear: “La calle es mía”. Por no hablar de la espantada de Felipe González en mayo de 1979 durante el 28 congreso del PSOE, para volver unos meses después aclamado por sus militantes.

Puro teatro o postureo, que diríamos ahora. Aquella espantada de hace 45 años recuerda mucho a la de Pedro Sánchez cuando, a través de una carta que era todo un poema, anunció que se tomaba cinco días de reflexión y amenazaba con irse ante el estupor de sus seguidores y el shock de sus oponentes. En realidad, sólo ofrecía un poco de tiempo para que sus fieles se lanzaran a la calle y gritaran “Pedro, no te vayas”. Y, al quinto día, volvió convertido en “el puto amo” (Óscar Puente dixit). El semanario The Economist bautizó al jefe de Gobierno español como el “rey del drama”, aunque tal vez hubiera sido más exacto “el rey de la comedia”.

El feroz populismo que nos invade —también a los llamados partidos tradicionales— es campo de cultivo abonado para el espectáculo político. Cuenta, además, con el mayor escenario del mundo, las redes sociales, un escenario que no solo carece de cuarta pared, sino que no tiene pared alguna, en el que los actores pueden interactuar con el público sin ninguna barrera aparente. La prensa, que hacía de intermediario entre gobernantes y gobernados, ha sido demonizada y excluida de este espectáculo.

Juan Luis Arsuaga, en la mencionada entrevista, añadía que “el auténtico debate en la sociedad del espectáculo no es de ideas, tiene que ser personalizado, con el bueno y el malo”. Y así ha sido. Llevamos un año con ese debate de buenos y malos. Buenos los antitaurinos; malos los taurinos. Bueno el bloque progresista; malas la derecha y la extrema derecha; buenos los nacionalistas periféricos; malos los nacionalistas españoles. Buenos los palestinos; malos los israelíes.

Llevamos ya casi un año sin más política nacional que aquella que resulta útil al Gobierno para mantenerse en el poder. Estamos a punto de igualar el récord de Bélgica, que estuvo 493 días sin Gobierno y no pasó nada. El país, afortunadamente, sigue funcionando. Gracias, sobre todo, a las administraciones locales, comunidades y ayuntamientos, donde se ha seguido trabajando en silencio y con discreción, a la espera de que el espectáculo de la capital haga gira por provincias. Mientras, en Madrid, la urbe de los grandes musicales, nuestros políticos estrella se aferran al lema de Queen: “The Show Must Go On”.

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