Opinión

La democracia, en peligro

Toda Europa ha entendido que lo ocurrido en Eslovaquia ha encendido en rojo intenso una señal de alarma. La preocupación ha saltado a las primeras páginas de los periódicos, que ofrecen detalles inquietantes del problema. Es un hecho comprobado que la violencia política está aumentando en el mundo entero. La crisis de la democracia se ha convertido en un tópico del debate público. Está bajo amenaza y el riesgo de colapso es cierto. Más allá de las evidencias inmediatas, confundidas en una espesa niebla, la tarea de identificar las causas que nos han llevado a esta situación está resultando muy complicada y, en consecuencia, la reacción firme que cabía esperar no acaba de darse, mientras crecen el desasosiego y la ansiedad.

La violencia política no es un fenómeno nuevo, ni tampoco acaba de reaparecer súbitamente. En las democracias en particular, ha evolucionado in crescendo en tiempos recientes. Estudios rigurosos constatan que Estados Unidos sufre la peor ola desde los años 70, alcanzando especial gravedad a raíz de la denuncia de robo electoral por Trump y del asalto al Capitolio en enero de 2021. El balance es de 39 fallecidos, entre ellos un ciudadano muerto a tiros por la simple razón de creer equivocadamente el asesino que era demócrata. Muchos estados están adoptando medidas de seguridad para los empleados de la administración electoral, ante las presidenciales que se avecinan. En Alemania, las agresiones físicas o verbales se han duplicado en el último lustro. En el año pasado, se formularon casi 3.000 denuncias, cifra similar a la de las planteadas en Francia. Los números avisan de que el fenómeno se ha extendido y ha adquirido una magnitud notable.

Políticos de todos los partidos, de la extrema derecha a la extrema izquierda, han sufrido la violencia. La televisión nos ha mostrado imágenes de tiros, botellazos, bofetones, escupitajos, insultos y pintadas contra líderes, diputados y jefes de gobierno y ministros. Pero la mayoría de los ataques van dirigidos a los políticos locales. Entre 2020 y 2022, cargos públicos municipales o regionales, que son más accesibles y tienen menos protección, fueron víctimas de la violencia política en 16 de los 27 estados de la Unión Europea, con un efecto desolador. Según un sondeo, el 40% de los alcaldes belgas dudan si presentarse a la reelección. Uno de cada cuatro alcaldes alemanes encuestados ha confesado que se encuentra en la misma tesitura. Los candidatos están dejando de pegar carteles en determinadas calles y de hacer campaña cara a cara con los electores. El temor disuade.

La política está en su peor momento desde la Segunda Guerra Mundial. Hubo épocas en la historia en que los ciudadanos se dedicaban a ella por conciencia cívica, por considerar su ejercicio un honor o un medio de influencia, o por sentirla como su vocación. Para muchos políticos, sobre todo locales, sigue siendo así. Sin embargo, la política hoy tiene “mala prensa”. Está en la picota de la opinión pública. Es vista con desconfianza, provoca aburrimiento, cuando no ira, y solo recibe desaprobación y rechazo. No obstante, para pasar de esas actitudes a la crispación y la violencia hace falta una motivación extra. La polarización inducida, la competición desaforada entre los partidos, el abuso de la publicidad electoral negativa, la disputa ideológica y el canal que las redes sociales facilitan para desahogar las bajas pasiones han contribuido sin duda a una mayor beligerancia en la pugna política, pero se detecta un malestar más profundo en el trastorno general ocasionado por los cambios que estamos viviendo, de todo tipo y en todos los ámbitos.

La cuestión es que el ambiente creado no nos impida hacer una buena reflexión. La sociedad no puede funcionar, aunque a veces lo parezca, con piloto automático. La política es necesaria e inevitable. Y la única forma política que permite la convivencia libre y pacífica es la democracia. La violencia ejercida fuera de la ley es un atentado a la democracia. Quebrantar la democracia es poner en riesgo la convivencia y todo lo demás. Para comprender la importancia del respeto que nos debemos los ciudadanos entre nosotros y a los elegidos, que excluye por completo la violencia, imaginemos nuestra sociedad sin políticos o sin democracia. Este desafío nos concierne a todos, no solo a los políticos, y requiere mucha conversación pública, eso que se echa tanto de menos.