Opinión

Bañadores

Abro el cajón de los bañadores y los sorprendo en asamblea. Están decidiendo quién sale primero. El viejo y floreado, que siempre cuenta que se bañó hace años en el Mar Negro, aguanta algo ajado y descolorido el envite de los jóvenes, pujantes y de marcas nuevas, que quieren darse, antes que nadie, un garbeo ya por Torremolinos o Marbella. Al fondo, diviso uno azul liso, discreto, adquirido de urgencia en una ciudad extraña en la que me sorprendió la calor como te sorprende a deshora un telegrama, un repartidor o una punzada en la barriga. Lo compré a buen precio, lo utilicé una sola vez y quedó pequeño. Creo que tiene derecho a una ilusión: me lo pruebo. Él mismo queda fatigado y maltrecho de tanto estirarse para volver a entrar en mi cintura. Lo devuelvo al cajón. De pronto se sitúa encima de los otros uno muy distinguido aunque algo altivo, con el logo de la marca cara situado discretamente. Es cómodo y sedoso, pretencioso también. Recuerdo que me acompañó a un congreso y a una despedida de soltero. Lo aparto y le prometo una tarde en un beach club con champán y camisa de lino.

Los bañadores de un hombre dicen mucho de él: siempre que vaya a la playa. Observo uno que aún tiene la etiqueta. Un bañador virgen de olas y sal, de cloro y arena. Miro el precio. Pienso en qué podría hacer con ese dinero si no me lo hubiera gastado en este bañador. Tal vez comer en un chiringuito. Sin bañador, claro. Ese bañador sin estrenar tal vez fue comprado para una ocasión frustrada: un viaje que no se concretó, una excursión abortada, un imprevisto. Empezar un viaje comprando un bañador no es como empezar la casa por el tejado, tal vez sea como tirarse a una piscina sin agua o como empezar la compra de la semana por las patatas fritas.

El bañador transparente me mira sabiendo que su destino es permanecer en esa cárcel cajón. El muy ajustado y apto para la natación ya sabe que mi intención es utilizarlo el lunes, el lunes sin falta, el lunes empiezo.

No hay que bañarse en la nostalgia ni en los esfuerzos inútiles. El bañador solo puede quedarte como un guante si en la ingle tienes cinco dedos. Las personas que aún dicen «traje de baño» tienen un aire distinguido, aunque estén en bañador. Ante tanto bañador, sufro el infierno de los indecisos. Un infierno en el que seguramente se llevará bañador, dado el calor que hace en el infierno, con esas llamas dándote todo el día en la cara. El mejor bañador está siempre por llegar por mucho que tal vez ya hayamos vivido el verano de nuestra vida. Quién sabe. Es una cuestión para pensar en bañador, no seco de ideas.

Suscríbete para seguir leyendo