Opinión

Para la OEI, un premio de justicia

Por suerte para la humanidad, las relaciones entre los países no se limitan a desplantes, ofensas y bravuconadas (que suelen ser pórtico del empleo de violencia) sino que hay miles de personas trabajando en favor de una “diplomacia blanda”, basada en el diálogo y la búsqueda del consenso, frente a lo que antiguamente se llamaba “diplomacia de cañoneras”; y hoy podría decirse de “misiles y drones”.

Los diplomáticos de la cooperación se mueven en distintos campos, desde la asistencia médica y la atención a los refugiados, hasta los especializados en la infancia, los emigrantes y cualquier tipo de desamparados. Junto a esas cooperaciones, y sin desmerecer ninguna, destaca la educación, aunque con frecuencia es la menos llamativa mediáticamente porque su labor es sorda, callada y siempre a medio, o a largo plazo. Probablemente por esas razones, la Organización de los Estados Iberoamericanos pasó bastante desapercibida durante décadas y décadas en los titulares y, sin embargo, clava sus raíces en una verdadera revolución educativa que llevó paz y modernidad a más de veinte países. Pero no solo a sus capitales, sino también a sus confines más remotos.

Su secretario general, Mariano Jabonero, suele citar al mandatario colombiano Belisario Betancur cuando le recriminaban en sus propias filas que viajara demasiado a las selvas y colinas en vez de buscar votos en las grandes ciudades. “Es verdad que allí hay pocos electores, pero hay mucha patria”, solía responder Betancur.

Pues en esos territorios y en otros, con pocas cámaras y muchas aulas, a veces muy deterioradas, e incluso improvisadas, desarrolla desde hace 75 años su trabajo la OEI. No debe tomarse como una ofensa el admitir que el nivel de los maestros suele ser muy bajo en muchos de los países atendidos, por lo que formar en matemáticas y lengua a los docentes es vital. Y qué decir de la pandemia del COVID cuando una brecha sísmica se abrió bajo los pies de los escolares iberoamericanos, sin Internet ni tecnología, para contener el retraso formativo que les amenazaba frente a los niños de las ciudades. y de otras capas sociales, que resistieron bastante mejor la epidemia y la suspensión de clases. Allí, en lo más difícil, estuvo y está la OEI.

Justo es, por tanto, que el jurado del Premio Princesa de Asturias haya reconocido ese esfuerzo con el galardón reservado a la Cooperación Internacional. Y que de paso haya dado noticia a este país y al mundo de la existencia de ese trabajo inmenso que desempeñan siete mil empleados de la OEI en veintitrés países (850 millones de personas) que compartimos dos lenguas tan próximas como son el español y el portugués.

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