Opinión | Shikamoo, construir en positivo

José Luis Quintela Julián

Europa, Europa, Europa...

Hace ya muchos años, demasiados, asistí en una Facultad de Derecho a un postgrado sobre estudios europeos. Fue durante todo un curso, y yo era un poco el bicho raro... ¿Por qué? Bueno, porque todos mis compañeros y compañeras provenían de haber terminado sus estudios en esa misma Facultad de Derecho — la de Santiago—, o de alguna otra de Económicas o Políticas. A lo sumo había algún ingeniero, pero yo era el único licenciado en ciencias... Cuando tuvimos cierta confianza, no fueron pocos los participantes en el curso – alumnado y profesorado – que me confesaron que les había descolocado mi interés por tal temática... Entonces era cuando yo explicaba que me fascinaba Europa, y que creía que tal ámbito iba a ser el verdadero motor de cambio que nuestra sociedad necesitaba en términos de modernización, absolutamente en todos los sectores. Finalmente, nos dieron un diploma por otra de las universidades participantes —la de Vigo— y para mí se terminó esa aventura, aunque me hubiera gustado perseverar.

Más adelante, en otros menesteres relacionados con la cooperación internacional, tuve varias ocasiones de tener alguna reunión en el complejo de la Unión en Bruselas y en alguna otra sede comunitaria. Tuve entonces la impresión de que aquel ilusionante proyecto europeo, ideado y soñado un día por Monnet, Schuman, Adenauer u otros, estaba demasiado separado de la realidad, del día a día, de las personas reales... Y no porque la Unión Europea y sus políticas no nos concerniesen, ni mucho menos, sino seguramente porque no se perciben tan cerca... Supongo que ese sigue siendo el estado de la cuestión por el cual todos los observatorios electorales ya pronostican una elevadísima abstención en el conjunto de la Unión en el actual proceso electoral. Ya hablábamos de ello en uno de los últimos artículos, y yo lo siento como una verdadera pena... ¿Por qué? Pues porque así como mucho de lo bueno que nos ha sucedido en las últimas décadas ha llegado de Europa, ahora estamos en un momento global de zozobra ideológica y de surgimiento de discursos fáciles, poco fundamentados y débiles desde el punto de vista ético, que también pueden terminar irrumpiendo en nuestras vidas de la mano de Europa. Y es que, fíjense, sólo la posibilidad de que el Parlamento Europeo sea ocupado, en gran parte, por fuerzas antieuropeístas, da miedo. Y es que eso podría ser la piedra de toque que, finalmente, arruinase el proyecto comunitario...

Esas son las disquisiciones con las que afronto nuestra cita con las urnas el próximo domingo, y de las que hoy les hago partícipes. Obviamente, no sé qué pasará a partir de ahí, pero si las previsiones se cumplen tanto en términos de abstención como en el advenimiento de emociones “ultratodo” —que vienen a ser “antitodo”— en Bruselas, las cosas serán más complejas en esta esquinita del mundo. Un rincón que, por aquello de los cambios cíclicos en la sociedad, ya iba perdiendo peso y potencia económica en los últimos años de forma natural. Y que, si se dedica a la lucha interna, a la exacerbación de la diferencia y a un menoscabo sistemático de los derechos humanos aún puede quedar mucho más perjudicado...

¿Qué hacer, entonces? Pues voten... De acuerdo con sus ideas, por supuesto, pero expresando su voluntad y, de esa manera, refrendando el proyecto colectivo. Yo, por mi parte, lo haré. Y es que estoy convencido, no me cabe duda alguna, de que de quién esté en la Unión Europea y qué proyecto defienda dependerán en gran parte importantes decisiones que Europa tendrá que tomar en los próximos años. Esto, que puede parecer una obviedad, no lo es tanto entendiendo que ese “importantes” será sinónimo de “singulares” y hasta de “cruciales”. Porque, ante el devenir en el planeta, seguramente la Unión tendrá que lidiar con tomas de posición antes jamás pensadas, ante retos, amenazas y casuísticas que ya asoman en el horizonte, o en nuestra misma puerta, y que tendrán que provocar la mejor respuesta posible, desde un consenso muy general y un espíritu constructivo antes inédito. Y ahí su opinión -sí, la suya o la mía, por muy insignificantes que nos sintamos- también cuenta.

Aquel curso terminó con una comida formal, donde el plato estrella era la lamprea, con la que yo no acabo de congeniar. Les confieso que lo pasé mal, hasta que un atento y hábil camarero se ofreció a traerme discretamente un lenguado a la plancha. Lo agradecí sobremanera... Comprendo que en la diversidad está el gusto, en el pescado y en la praxis política. Pero eso no significa que se pueda romper la vajilla o mearse encima de la mesa... Nos jugamos mucho en Europa y en la Unión Europea como actor clave en el desarrollo del continente. Lo que quiere decir, queridos y queridas, de nuestras propias vidas. Y, sobre todo, en las de los y las que vengan detrás...