Opinión

El buen paseante

El paseante encuentra ahora un obstáculo añadido a su actividad: el calor. Antaño el practicante de esta actividad podía pararse un buen rato a contemplar una fachada, un gorrión, una obra o un cuerpo escultural (ojo, que Botero también es escultor). Sin embargo, ahora conviene estar más informado acerca de por dónde discurren las sombras y no exponer muchos centímetros de piel al astro solar. El caminante profesional por tanto, sin descuidar nunca la elegancia, puede dotarse de gafas de sol, botecín de crema solar, guayabera (a mí la guayabera me pide puro y sombrero Panamá, así que me abstengo), gorra, nunca la visera para atrás, camisa fina y bermudas.

Especial habilidad hay que mostrar para esquivar pelmas en zonas de sol y para no mirar el dedo de nadie cuando señala el sol. La luna no está. Del paseante nocturno nos ocuparemos otra noche. El paseante puede ver nublado su juicio a la hora de dar el veredicto sobre cómo pasean los demás, como de bien están alineadas las mesas en una terraza o qué tal circulan los taxis si el calor aprieta y no lo deja vivir, en cuyo caso, atravesar la puerta de un establecimiento donde se expendan líquidos refrescantes, incluso euforizantes, puede estar más que justificado, considerándose la estancia en el dicho local, como parte del paseo. El buen paseante se abstendrá de la ordinariez que supone opinar sobre el aire acondicionado. Da fresquito y punto. Y si uno no está a gusto se sale del local, pero sin producir una escena aspaventosa que acabe con la tranquilidad del resto de parroquianos y sin provocar un enfrentamieno civil crudo en el que nunca faltará quien esgrima su garganta afectada, como si nos importara mucho su garganta o su garganta fuera un ente superior que debe gobernar la temperatura y ajustarla a su gusto o gañote, habiendo muchas más criaturas en el establecimiento.

Hay que andar con paso firme e incluso anotar mentalmente los cambios que va experimentando la ciudad, pero con cuidado de que la sudoración no florezca y cualquier conocido que saludemos y se nos acerque pueda pensar en un déficit de duchas si nuestro olor corporal le recuerda a algún establo de su infancia.

El buen paseante optará por adentrarse en avenidas con árboles, huyendo de las plazas cementosas, soviéticas, huérfanas de plantas, toldos o sombras. Si se lleva un libro debajo del brazo deberá ser de prosa ligera y si se tiene la costumbre de hablar solo convendría disimularlo. Un poco.

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