Opinión | Shikamoo, construir en positivo

¿Es usted mayor? ¿Se siente maltratado?

Buenas tardes, queridos y queridas. Trato con dificultad de encontrar una cierta paz para ponerme a escribir la columna de hoy, pero les aseguro que me cuesta. Y es que les parecerá una tontería, pero me ha turbado una llamada que acabo de recibir, de una de las compañías de seguros con las que trato. Y es que han tenido el mal gusto de llamarme, fruto de una confusión interna, complicando aún más la opinión que tenía de ellos. Les cuento: después de vender un coche, solicité la parte proporcional no consumida de la prima abonada. La Ley del Seguro protege explícitamente al tomador de la póliza en caso de enajenación del bien —de venderlo—, pero las compañías tratan de no darse por aludidas. Tardaron varios días en contestarme y, cuando al final lo hacen, me dicen que “queda ahí un fondo con tal dinero”, para descontar de mi próximo seguro. Para no entrar en un litigio con ellos, en un país en el que los tiempos de resolución de estas cosas desaniman a hacerlo, gastando además tiempo, dinero y salud, les pedí que me cotizasen un nuevo producto, para otro vehículo que había comprado sustituyendo al anterior. Con ello, aunque fuese dinero abonado ya, perdía más de doscientos euros. Y es que la compañía en cuestión, que me estaba cargando más de 850 euros al año por un seguro a todo riesgo con franquicia, algo fuera absolutamente del precio de mercado, me dio un coste del nuevo seguro exactamente por los seiscientos y pico euros que habían quedado a deberme. Doscientos y pico euros, como les digo, que yo perdí, comparando la suma con los cuatrocientos y pico que me cobraban las demás compañías de primer nivel con las que trato, mucho más ajustadas al precio real de mercado del producto solicitado.

Acepté, pero les avisé varias veces de que el seguro estaba pagado ya. ¿No habrá coste adicional alguno, no? No, señor. Está pagado y no se le cargará ningún recibo. Pero hete aquí que al cabo de dos días —y aquí la llamada que acabo de recibir justo antes de ponerme con este artículo— me llaman para decirme que cargarán no sé qué para poder abonar no sé qué... Y les digo que no. Se lo digo tajante, taxativo, ejecutivo, claramente... Y la persona en cuestión me dice: “¿Pero cómo no vamos a cargarle el recibo del seguro?”... Yo, al borde de la taquicardia, le explico una vez más que el seguro está pagado ya, y que me habían dicho que no había coste adicional alguno, más allá de los doscientos y pico euros que pierdo por seguir contratando con ellos, al margen del desamparo emocional y de la quiebra de confianza que supone tener un asegurador con tales políticas... Al final, cae de la burra: “Ay, pues me han pasado mal la información...”. Y yo replico: “Pues hagan bien su trabajo y no me molesten más”. Todo ello con vehemencia, sí, pero con extrema pulcritud. Entonces pide disculpas, varias veces, lo que le honra... Pero... me dice: “No me falte al respeto”... Y aquí sí que me enciendo yo... “¿Faltar al respeto?”... “¿Quién ha faltado al respeto?, ¿quién ha cobrado lo que no debía y quién te dice una cosa y luego hace la contraria...?” Y uno, viendo estas cosas que a veces le pasan, se da cuenta de la vulnerabilidad de los particulares frente a corporaciones que un día deciden tratarte de tú, otro ponerte a hablar con una máquina, y otra pagarle cuatro duros a alguien para que, con cara o voz de cemento armado, te pueda decir esas cosas...

Es en tal tesitura en la que reflexiono sobre el tema de hoy del artículo... Porque desde 2011 cada 15 de junio, ¿saben?, Naciones Unidas promueve la celebración del Día Internacional de la toma de conciencia del abuso y maltrato en la vejez, y este es el tema que había seleccionado para mi columna. Una efemérides que tiene gran sentido, porque ser mayor implica hoy un mucho mayor riesgo de maltrato y abuso. Grandes maltratos, pero también pequeños. Porque si a mí o a alguien similar nos pueden acontecer situaciones como la descrita previamente... ¿qué no le pasará a quien puede ni saber con quién tiene contratados servicios o prestaciones? Algo que es mucho más claro aún cuando las personas llegan a la etapa de la vejez en situación más precaria, bien con escasos recursos personales o sumidos en una situación de soledad no querida. Muchas de estas personas mayores terminan abandonadas, o sufriendo maltrato de toda índole, a veces incluso con la participación de sus familias o con las mismas mirando para otro lado. En cualquier caso, al cargo de personas que, según relata Naciones Unidas, terminan abusando física y psicológicamente de ellos, aprovechando su estado de vulnerabilidad. Un drama.

Y es aquí donde adquiere todo el sentido del mundo esta jornada. Y es que una sociedad que no respeta a todos sus miembros es... una piltrafa. Y si, aún encima, se aprovecha de su extrema vulnerabilidad, mucho peor. Tenemos que combatir cualquier forma de edadismo, como forma de edificar una sociedad mejor. Y todo ello en un contexto reciente en el que los indicadores muestran la necesidad de tales mejoras, incluido un sangrante 82% de las víctimas estimadas de la pandemia de COVID-19 en todo el mundo, personas de 60 años o más.

Envejecer no es en sí un problema. La alternativa es peor. Pero el abuso y el maltrato asociados muchas veces a este proceso, sí.