Opinión | Crónicas galantes

Campaña antiturística en Galicia

Una campaña disuasoria del turismo ha comenzado en estas vísperas del verano para evitar que Galicia se llene de peregrinos, veraneantes y forasteros en general. Naturalmente, los que la impulsan en las redes sociales son o dicen ser gallegos; y no hará falta aclarar que lo hacen en tono jocoso.

Ya sea en la juvenil TikTok, ya en el geriátrico de Facebook, abundan los vídeos y mensajes que desaconsejan la visita a este reino de las brumas.

Advierten sus autores que Galicia vive 366 de los 365 días del año bajo el flagelo de la lluvia y las tormentas, a lo que hay que añadir la frialdad de las aguas del Atlántico e incluso las del Cantábrico. El color azul turquesa de las Cíes, por ejemplo, oculta bajo esa apariencia tropical una temperatura lo bastante gélida como para provocar dolor de pantorrillas a los incautos.

No son esos los únicos inconvenientes. Los avisos de los internautas aluden también a las playas, que están llenas de molestas algas y de medusas que pueden estropearle el día a cualquiera con sus picaduras. Pican igualmente las carabelas portuguesas que, a pesar de esa denominación de origen, se han dejado ver en los arenales gallegos durante los últimos años.

Agregan los más cenizos que en Galicia no hay nada que hacer cuando la habitual boina de nubes oculta el azul del cielo. El sol, dicen, es algo de cuya existencia se sospecha; aunque no hay seguridad de que un turista pueda verlo si su estancia aquí es de solo una o dos semanas. Sugieren además algunos de los militantes de la campaña que el país está lleno de vacas —animales de mucha flatulencia— y de gente que habla en una jerga rara y a menudo ininteligible.

Felizmente para las cajas de la hostelería, estas recomendaciones no parecen haber tenido particular éxito hasta ahora. Los peregrinos, mayormente extranjeros, siguen acudiendo en creciente número a la llamada del Apóstol y de los bares de tapas. Tampoco hay noticia de anulaciones de reservas en los hoteles. Incluso podría batirse algún récord de visitantes este verano.

Todo tiene su lógica, claro está. Para empezar, la campaña es de orden humorístico, como ya se dijo; pero aun si no lo fuese, está largamente demostrada la inutilidad de los boicots. Tanto da que se hagan al turismo, al comercio o a los productos de un país, sus efectos suelen ser mínimos e incluso contraproducentes.

Ahí está el caso de la campaña que bajo el lema Tourists, go home se organizó años atrás en Barcelona. Aquello iba en serio, pero sus efectos estuvieron lejos de ser los que apetecían sus promotores. De hecho, la capital catalana sigue siendo uno de los principales destinos urbanos del turismo en España.

Sería imprudente, en todo caso, desdeñar el peso de las redes sociales en la conformación de la opinión pública. Baste ver el caso de ese influencer sevillano que, sin hacer campaña ni presentar programa alguno, consiguió un botín de tres eurodiputados en las elecciones europeas.

Por fortuna, el movimiento antiturístico de Galicia va de broma y solo pretende arrancar unas risas al respetable. Todo lo malo será que alguien se lo tome en serio en una España donde a veces hay que explicar los chistes.

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