Opinión | El correo americano

La cámara en la habitación

Hace poco comencé a ver algo en la televisión sin saber exactamente lo que era. Quiero decir que no leí nada con anterioridad (críticas, sinopsis, comentarios, etc.). Se trataba de un programa llamado Couples Therapy (Terapia de pareja) que se emite en Showtime desde 2019. Tras ver el primer episodio, pensé que era una serie de ficción del estilo de In Treatment (HBO), en el cual se explora el oficio de la psicología clínica y que tiene la virtud de sostener la trama (si se puede definir así al desarrollo emocional e intelectual de los personajes) a través de largas e intensas conversaciones sobre los posibles orígenes de ciertos comportamientos humanos.

Pero Couples Therapy no es un producto de la imaginación de un guionista. No hay actores ni actrices. Orna Guralnik, a diferencia de Paul Weston, el personaje que interpreta el actor irlandés Gabriel Byrne, es una psicóloga que, además de atender a sus pacientes, imparte clases en la Universidad de Nueva York. Lo que vemos en Couples Therapy es, en suma, real. Son conflictos reales. Traumas y sufrimientos reales. Crisis y rupturas reales. En esta exposición de las intimidades de las personas se pueden identificar ciertas convenciones propias del género de la telerrealidad; sus vidas son analizadas y/o juzgadas por miles de desconocidos.

Sin embargo, en el epígrafe donde la cadena resume el contenido del programa se señala que, “lejos de presentar las caricaturas de un reality show, esto es un documental que le ofrece a los espectadores la auténtica experiencia de la terapia de pareja”. Con ello, nos dicen, “se descubre un mundo oculto”. De esta forma nos sugieren que los asuntos aquí tratados no son triviales, que su aproximación al objeto de estudio es honesta y sofisticada. Pero surgen algunas dudas después de su visionado. ¿Acaso esas personas no saben que las están grabando? ¿Este hecho (ser conscientes de que están siendo observadas y, por lo tanto, analizadas y/o juzgadas) no condiciona, en mayor o menor medida, su conducta durante la terapia? ¿Acaso esos factores no pueden impedir que “la experiencia” alcance la autenticidad prometida?

Si es así, no nos estarían revelando un “mundo oculto”, sino lo que teóricamente tiene lugar en ese mundo oculto pasado por el filtro de un medio de comunicación de masas. Lo cual es algo muy distinto. Couples Therapy, por sus técnicas narrativas, su valor de producción y, sobre todo, su montaje, se parece más a una serie de televisión que a un documental.

Cuando continué viendo los episodios siguientes, aun sabiendo que estaba ante una obra de no ficción, me costó dejar de pensar que eran actores profesionales. Pero es que, además, después de aparecer en pantalla, estas personas abandonan de inmediato el anonimato y se convierten en personajes, al menos para los espectadores, que no los pueden ver de otro modo. Este producto audiovisual pretende obviar el elefante en la habitación (la cámara en la habitación) al desnaturalizar el espacio privado, donde nadie actúa pensando en las posibles consecuencias mediáticas, confundiéndolo con un plató invisible e improvisado. Aunque Couples Therapy por momentos nos hace creer que cada vez resulta más difícil apreciar la diferencia entre ambos. En un célebre ensayo sobre literatura estadounidense, David Foster Wallace recordó que, para las generaciones nacidas después de mediados de los cincuenta, la televisión no es algo que simplemente se mira, sino que “es algo con lo que se vive”. Ahora parece que no solo vivimos con ella, sino que vivimos en ella.

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