Opinión | El correo americano

Así se pierden unas elecciones

La periodista Elizabeth Plank estuvo haciendo unos reportajes en un mitin de Trump y compartió sus experiencias en el pódcast que presenta junto a Monica Padman. De todo lo que vio y escuchó, Plank se quedó con algo que le llamó la atención. Ella estaba allí para comprobar cuánto sabían los seguidores del expresidente acerca de la mujeres. En un tono deliberadamente paródico, Plank les interrogaba sobre cosas muy básicas: datos biológicos, científicos, sociales, etc. También para entender las razones por las cuales una mujer se decanta por ese hombre. A diferencia de sus coberturas pasadas de la primera campaña, Plank dijo que, en aquel lugar, había felicidad, incluso amor. No vio odio y resentimiento. La gente se lo estaba pasando bien. Era un acontecimiento familiar, intergeneracional.

Plank preguntó mucho y de todo. Y todos contestaron amablemente a sus preguntas (“ni una persona se negó”). Había entusiasmo, como en 2016, pero en el ambiente se percibía una atmósfera extraña, “una sensación de normalidad”. Las madres iban con sus hijos de diferentes edades. “El entusiasmo (este entusiasmo) es aterrador”, dijo Plank. Significa que es un movimiento instalado, que el trumpismo ha conseguido trascender su espontaneidad violenta. Todos querían verlo, escucharlo, sentirse rodeados de otros que comparten su pasión. Los actos de campaña de Trump se han convertido en el nuevo pasatiempo nacional. Allí no había ganas de venganza, sino un gozo impudoroso, genuino y vibrante, como en una barbacoa dominguera. Sus seguidores creen en el expresidente como creen en la Biblia, en Jesucristo, en la nación, en la bandera, en la libertad. A nadie le preocupa que este fuera condenado. A nadie le preocupa la guerra en Ucrania, el conflicto en Oriente Próximo, la amenaza nuclear… Con él se solucionará todo. Con él las cosas volverán a ser como antes.

Esta nueva derecha populista, que emergió denunciando las políticas de identidad, es la que más se ha beneficiado de la ideología identitaria. El movimiento que venía a deshacerse del componente emocional que impregna la defensa de ciertas minorías (“A los hechos no les importan tus sentimientos”, dice con jactancia Ben Shapiro), se nutre principalmente de arrebatos, fidelidades incondicionales y fanatismo ciego. Y uno de sus objetivos es proteger los privilegios de un colectivo... la mayoría. Quienes se proclamaron defensores de la libertad de expresión, protestando contra los excesos de la corrección política y las censuras corporativas, ahora aprueban leyes que recortan la Primera Enmienda, reinterpretándola para casos excepcionales, y abogan por oprimir manifestaciones estudiantiles.

Los demócratas, en cambio, no son capaces desenvolverse en el terreno de las emociones. Además, la fragmentación ideológica ha debilitado la maquinaria partidista. Paradójicamente, lo único que los une ahora es, sí, una emoción, pero negativa: el miedo. El miedo a que gane Trump, el miedo a que la democracia colapse, el miedo a que un expresidente vengativo instaure una tiranía, el miedo a que ciertos colectivos (las mujeres, los inmigrantes, los transexuales, etc.) vean cercenados sus derechos. Lo que Plank detectó en el mitin de Trump es un ambiente de confianza y alegría. Y esto le preocupa. Con razón. Porque le hablaban con mucho sosiego y seguridad. Con la seguridad y el sosiego que uno siente en la victoria.