Opinión

Biden y ‘La Celestina’

Estoy prácticamente segura de que entre las lecturas de Biden no se encuentra La Celestina, clásico de sabiduría, pasiones y tragedias, inmortal como lo es el arte y fuente de entretenimiento y reflexión.

Y no son los amores pecaminosos de Calisto y Melibea, sino la anciana que titula el libro la que, tan lejanos como están el siglo XV español del XXI americano, le vino a la cabeza a esta curiosa impertinente al ver el triste espectáculo del presidente en el último debate. Ya por su amor a la literatura ya por deformación profesional, recordó inevitablemente el parlamento en que Rojas sentencia para la eternidad que “la vejez no es sino mesón de enfermedades... amiga de rencillas, congoja continua, llaga incurable, mancilla de lo pasado, pena de lo presente, cuidado triste de lo porvenir, vecina de la muerte, ... cayado de mimbre que con poca carga se doblega”.

Pese a los siglos, la medicina, los avances estéticos, los estiramientos, las dentaduras postizas, los injertos capilares y todo lo que usted quiera, es la condición de viejos la que los iguala, y eso que hoy Celestina sería considerada solo una veterana, hartos como estamos de escuchar, sea cierto o no, que no lo es, que los 60 son los nuevos 40.

Sexagenaria muere la poco ejemplar protagonista y se considera a sí misma una vieja, 81 años tiene Biden que solo son tres más que su también poco ejemplar oponente, mas la nueva exposición al mundo de sus lagunas mentales ha alarmado y entristecido a millones de personas que consideran una tragedia que la edad del candidato demócrata y no sus ideas sea la causa de una derrota no solo mala para él sino desastrosa para el mundo.

Biden está estupendo en una vida feliz de abuelo activo, pero su apelación última al Todopoderoso con el beneplácito de quienes le rodean alarma todavía más que tranquiliza y recuerda demasiado a aquel “viva la gallina con su pepita” de Celestina. Acepte su realidad como la vieja, deje a Dios en paz y que no le arrastre el voluntarismo ni el espejismo de lo imposible. Y esto no es edadismo, sino realismo o sensatez.

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