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Opinión | Crónicas galantes

Baco reina en agosto

Suele atribuirse la paternidad de Galicia a un tal Breogán, pero tampoco hay por qué hacer demasiado caso a las leyendas. Al menos durante el verano, y particularmente en agosto, este es más bien el Reino de Baco: famoso dios del vino. A él nos encomendamos con devoción.

En esta primera semana del más báquico mes del año fluye el dorado líquido allá por las orillas de la ría de Arousa, donde los de Cambados (y sus visitantes) trasiegan todo lo que pueden en la fiesta del Albariño. Probablemente traten de evitar que se lo beban los vikingos en su desembarco anual de Catoira, que conmemora las antiguas incursiones de las huestes del rey Ulfo.

Esa parece prueba de que los gallegos son, en general, pueblo poco rencoroso. Lejos de guardarle malquerencia a sus invasores, lo normal es que organicen romerías para honrar a normandos y vikingos en el caso de la de Catoira; e incluso a los romanos en la Festa do Esquecemento de Xinzo.

Las bacanales continúan, casi simultáneamente, en A Guarda, donde corren ríos de tinto en la Festa do Monte que es más bien incruenta batalla etílica en la que no se derrama sangre, sino vino. El caso es que, entre vikingos levemente beodos y la reunión anual del Serenísimo Capítulo de la Orden del Albariño, Galicia abre en estos días su habitual tiempo de orgías de cada verano.

Fue el austriaco Rainer María Rilke, nacido sin embargo en Praga y usuario del alemán, quien dijo que la patria del hombre es su infancia. Eso sería en el imperio austrohúngaro, naturalmente. En la Galicia de aquí —nada que ver con la Galitzia de los Cárpatos— la patria natural del gallego es el vino o, ya puestos, el aguardiente y el más moderno licor-café.

Dan fe de ello las fiestas que en Galicia se dedican al albariño, al ribeiro, a la caña de Portomarín y a tantas pócimas espirituosas ideadas para levantarle el ánimo y lo que fuere menester a la gente.

Otros países de raíz más belicosa tienden a fundar su fiesta nacional en las batallas y victorias militares. No es el caso de los gallegos, pueblo de melancolías y leyendas que prefiere honrar a los libros el 17 de mayo y a la bebida el resto del año.

Puede que la afición de los galaicos a empinar el codo y contar historias los empariente con los irlandeses. El improbable Breogán habría sido, después de todo, el nexo un tanto mítico de unión entre Galicia e Irlanda, donde también le dan lo suyo a las letras, a la cerveza y al aguardiente.

Abona esta teoría el hecho de que los prerromanos de la vieja tribu de Breogán festejasen la llegada de la primavera y el invierno con desaforadas bacanales en las que agotaban sus reservas de alcohol con ímpetu propio de bárbaros.

Muchos siglos después de aquello, los gallegos han trasladado al verano el comienzo de sus fiestas en honor a Baco, el popular dios que los romanos tuvieron el acierto de traernos.

Como quiera que sea, cuídese el lector de caer en la tentación de los excesos etílicos. Las fuerzas de Seguridad y Sobriedad del Estado no creen en los dioses de Roma: y luego vienen las multas a quienes den positivo.

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