Opinión | El correo americano
La identidad de los otros
Trump dice que Kamala Harris “se ha vuelto negra de repente”. Lo dijo en un acto con periodistas afroamericanos. El expresidente le pide que se aclare. O es india o es negra. No puede ser las dos cosas a la vez. Trump no pone en duda su raza, como se ha dicho estos días. Precisamente su raza es lo único que no puso en cuestión: no es blanca. Lo que le preocupa a Trump son los votos que Harris puede atraer de esos colectivos. Se lleva los de uno o los de otro. Pero de los dos no puede ser.
Decían que a la derecha populista no le gustaban las políticas de identidad. Aquellos tiempos en los que Jordan Peterson parecía ser el Jean-Paul Sartre del hombre solitario e incomprendido. Se lamentaban de que la izquierda insertara todos esos particularismos en el debate: la cuestión racial, los problemas comunitarios, el tema del género, etc. Decían que se habían olvidado de los asuntos importantes. De los americanos en su conjunto. De los perdedores de la globalización. Que habían hecho estallar la identidad estadounidense en mil pedazos. Que lo único que importa en Estados Unidos es la meritocracia, el sueño americano, la aventura capitalista.
Pero la derecha no solo utiliza las políticas de identidad como más le conviene, es que es lo único que es capaz de ofrecer. Eligió sus propios grupos (los blancos, los heterosexuales, los hombres) y se autoproclamó defensora de sus intereses. Solo le faltó ponerles un desfile. No era una visión integradora, sino excluyente. La diferencia estaba en el número de integrantes. Si la izquierda se enfoca en las minorías históricamente discriminadas, ellos lo hacen con la mayoría históricamente privilegiada, ahora no tan silenciosa, supuestamente herida y despreciada. Cuando Trump les dice a unos periodistas negros que no entiende por qué Kamala Harris se identifica como negra es porque quiere que esos periodistas negros no la vean como una de las suyas. Trump aborda las políticas de identidad del mismo modo que aborda la religión: es útil mientras sea electoralmente rentable.
J.D. Vance, por su parte, hace su trabajo sucio. Estos días tuvo que justificar sus comentarios sobre esas “mujeres sin hijos, amantes de los gatos y con vidas miserables”. Se supone que quería defender a la familia y la experiencia transformadora de la paternidad. El propio Trump lo defendió en una entrevista. Es que el tipo ama a la familia, dijo. Es que es un hombre muy familiar. Y no puede controlar su amor por la familia. Cuando la presentadora de Fox le preguntó por qué lo había elegido como vicepresidente, que cuáles eran sus virtudes, que por qué él y no otro, Trump repetía la palabra familia una y otra vez como un disco rayado. Es que no sabes lo mucho que este hombre ama a la familia, contestaba. La presentadora de Fox no necesitó nada más, por supuesto. Familia. Ya está. Lo tenemos. Pasemos a otra cosa, presidente.
La guerra cultural impone este tipo de limitaciones intelectuales. Se balbucean unas pocas palabras y con eso llega. El mensaje ya se ha enviado. Fácil de entender. Familia, negros, indios. Hay que ofender a las mujeres sin hijos y a sus gatos para defender a la familia. Hay que mencionar el color de piel del adversario para recordarle al votante a qué grupo pertenece éste. Esta nueva derecha está obsesionada con la identidad. La identidad de los otros.
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