Opinión | El correo americano
Un ciudadano más
James Woods es uno de esos pocos actores de Hollywood que profesa abiertamente su conservadurismo. A lo largo de estos últimos años, Woods se ha ido convirtiendo en un activista político de las redes sociales. Ahora es un seguidor entusiasta de Donald Trump; publica comentarios que suelen escandalizar. A Woods le gusta provocar, ofender, involucrarse en discusiones con otros usuarios y compañeros de profesión. Se le ha acusado de homófobo, racista, xenófobo, misógino, fascista... De difundir bulos y conspiraciones. Su agente decidió dejar de representarlo durante las fiestas del 4 de julio porque ese día se sentía “patriótico”. En una ocasión le suspendieron su cuenta en Twitter. Él se queja de la censura; dice que no le dejan ejercer su derecho a la libertad de expresión, que es víctima de una caza de brujas, que lo han incluido en una lista negra.
Woods es todo un fenómeno mediático. En la derecha tiene muchos admiradores. Qué valiente, dicen, enfrentándose a la hegemonía ideológica hollywoodiense. En la izquierda lo ven como un tipo desagradable. Qué decepción, responden, con lo bien que estuvo en Casino. Pero las cosas son más sencillas. Woods es un actor con una fuerte personalidad (Érase una vez en América, Fantasmas del pasado, Videodrome, Nixon, Vampiros...), uno de los grandes secundarios del Hollywood moderno. Lo que dice Woods en internet no debería tener demasiada importancia. Es una persona de derechas en un ambiente mayoritariamente progresista. Ni más, ni menos. Eso a veces resulta incómodo. A veces te puede perjudicar profesionalmente. Pero Woods no es un intelectual público. Tampoco creo que pretenda serlo. Desde luego no es un mártir de la libertad de expresión. Aunque esto sí que parece que pretende serlo. ¿Por qué interpretamos sus declaraciones como si su voz cargara con una autoridad mayor que cualquier otra persona jugando con el teclado?
Él era conocido por su trabajo. Ahora es mucho más conocido por sus opiniones. Lo que dice Woods llama la atención porque es una celebridad. Si Woods no fuera quien es, sus comentarios se disolverían en un gran potaje de opiniones no solicitadas. Lo que diferencia a Woods del tuitero aficionado, del anónimo furioso sentado en el sofá de su casa, es que ha aparecido en unas cuantas películas. Pero el hecho de aparecer en unas cuantas películas no hace que sus tuits cobren un significado distinto. Él mismo lo ha sugerido en alguna ocasión: es un ciudadano más que dice lo que piensa, “tenemos una Constitución”, etc.
En una entrevista reciente con Megyn Kelly, Woods dijo que no tiene ninguna duda de que Rob Reiner, un cineasta que también se ha caracterizado por expresar públicamente y de forma constante sus opiniones políticas, en este caso de izquierdas, “es un patriota”. Trabajó con él en Fantasmas del pasado y fue nominado al Óscar por su interpretación en esta película. Pese a sus diferencias ideológicas, Woods reconoce que Reiner ama a su país. Porque, al final, la polémica que arrastra este individuo está relacionada con un tema más prosaico. No se trata del derecho a la libertad de expresión, o de ser conservador en Hollywood, sino del derecho a decir barrabasadas de vez en cuando y poder seguir trabajando.
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