Opinión | Crónicas galantes
Noticia y vida de Javier
Un periodista debe levantarse cada mañana orinando noticias, solía repetir Javier Sánchez de Dios a los becarios recién llegados al periódico. Una vez sobrecogidos por tal aterrizaje en el oficio, los invitaba a tomar unas cervezas —una copichuela, decía él en su personal e intransferible argot— para quitarles el miedo del cuerpo. Los nuevos no tardaban en pillarle el sarcasmo.
El que durante años desarrolló su larga carrera en Faro —aunque también dirigiese Xornal Diario y trabajase con destreza el micrófono— se aplicaba su propia máxima sobre la producción. Javier era una factoría unipersonal de noticias, obtenidas y avaladas por una excelente red de contactos en todas las esferas.
Muchas de ellas fueron exclusivas, como corresponde a las viejas reglas de la profesión. Su habilidad para adelantarse a la competencia y a los acontecimientos la demostró particularmente con la noticia del golpe palaciego a Fernández Albor en octubre de 1986.
Aquel scoop se publicó el mismo día en que varios conselleiros se rebelaban contra el entonces presidente de la Xunta, en una acción que tendría consecuencias determinantes en el posterior curso de la política en Galicia. Eran tiempos analógicos, previos a la irrupción de internet, en los que adelantar una noticia —no digamos ya una de este calibre— constituía la esencia del oficio. Y ahí estaba Javier.
Practicó también Sánchez de Dios el columnismo de opinión, bajo la creencia de que un periodista ha de ser por definición un todoterreno. Ahí queda, para los frecuentadores de las hemerotecas, una colección de miles de artículos que delatan, además, su condición de trabajador sin pausa.
Escribía Javier a diario, en coherencia con la periodicidad de un medio como la prensa en el que las rotativas no deben parar ni aun en medio de las peores catástrofes. “Es que esto me da la vida”, me confesó alguna vez cuando uno se atrevía a preguntarle por qué no bajaba un poco el pistón del trabajo. El periodismo ha de ser una vocación, solía decirse un poco tópicamente. En el caso de Sánchez de Dios era, simplemente, una verdad en sí misma.
Ni siquiera la salud, que lo traicionó en los últimos años con quebrantos sucesivos, fue obstáculo para frenar su cotidiana reunión con el teclado. Solo a quienes no lo conocieron podría sorprenderles que siguiera publicando cada día su análisis político y sus Cuatro Cosas hasta las mismas vísperas de su muerte.
Javier había hecho de la noticia su vida y no dudó en prolongar ese vínculo hasta el final. Deja como legado cincuenta años de profesión vivida apasionadamente, junto a la impresión de que con él se va uno de aquellos cronistas de otro tiempo que vivían casados con su oficio.
Los viejos periodistas, como los viejos soldados de Mac Arthur, nunca mueren: solo se desvanecen en el horizonte. A esa estirpe antigua y laboriosa pertenecía el amigo y compañero Javier.
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