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Opinión | El correo americano

Cien días

El problema es el fondo. Pero en las formas está la clave. No es que se propongan destruir masivamente puestos de trabajo, es que lo hacen de una forma arrogante, violenta e indiscriminada. Acabar con todo. Todo sobra. El Gobierno es el problema. Si el gobierno se reduce al máximo, todo irá bien. Y lo hacen partiéndose de risa, pensando que el pueblo se lo agradecerá, pues los funcionarios, como los inmigrantes y los progresistas, son los responsables de todas sus desgracias. Poco importa que sus votantes se beneficien de esos programas públicos o que determinados procesos administrativos requieran la presencia de un buen número de esos trabajadores a los que han echado. No pasa nada, porque ya viene Elon Musk con la motosierra para solucionar todos sus problemas.

El resultado de estas medidas y órdenes ejecutivas son difíciles de predecir, dicen. Pero una de las consecuencias que ya se puede ir divisando es el desequilibrio territorial. La desvertebración del país, vaya. Eso que tanto preocupa a los fans del presidente estadounidense en otras naciones. La desunión. La destrucción de una cultura común. Ese era el sueño de los segregacionistas: separados pero iguales. Especialmente separados. El sistema federal ya permitía diferencias significativas con las legislaciones de cada estado. Pero, con un Gobierno débil o casi desaparecido, estas diferencias continuarán incrementando. Ya sucede con el aborto y la educación. Dependiendo de dónde vivas y, por lo tanto, cuánta suerte tengas, así tendrás mayor o menor acceso a ciertos derechos, programas y prestaciones. Esto se observa ahora con las universidades ante la reciente amenaza de la Administración Trump de quitarles a estas instituciones académicas una financiación esencial en sus presupuestos anuales. Si las universidades (especialmente las pequeñas) no ceden, pueden desaparecer; si ceden, han de adaptarse de algún modo a los parámetros ideológicos del poder ejecutivo.

Pero volvamos a las formas. Esto, al fin y al cabo, es lo que han votado los estadounidenses (aunque quizás algunos no lo sabían). Lo llamativo, sin embargo, es cómo lo hacen. La frivolidad con la que presumen de destruir empleos e imponer sus dogmas. El placer que exhiben en el ataque. Todo forma del espectáculo: el ritual kitsch, la adicción tuitera, la estética del meme y la motosierra. Incluso la ridícula entrevista que preparó Sean Hannity en Fox News para poner fin a los rumores de crisis en la relación del presidente con «el hombre más rico y listo del planeta». Los perdedores de las elecciones no existen para ellos; se gobierna para una mitad hambrienta de venganza. El presidente lo propone todo a golpe de declaraciones improvisadas, desde una posible limpieza étnica en Gaza hasta una paz en Ucrania sin Ucrania. Sus subordinados dan lecciones a los europeos sobre la libertad de expresión y la decadencia de la civilización occidental. Dicen estar recuperando la grandeza de su nación con los despidos masivos, el aislamiento internacional, la traición a los aliados, el desmantelamiento de programas gubernamentales y, por supuesto, las conspiraciones.

Se nos avecina un futuro un tanto inquietante. Cuando el progreso del país dependa de la caridad de un tipo como Musk y para conservar el trabajo haya que estar situado en un sitio determinado de la historia. Algunos argumentan que esto ya lo hacía la izquierda. Ahora les toca a ellos, insisten. Para eso han arrasado en las elecciones. Para desmontar todo lo que sus predecesores pusieron en práctica. Para probar a ver qué pasa si le dan una vuelta al tablero. Olvidan que cuando se gobierna solo para una parte del país, la otra aguarda resentida su momento. Y que destruir es fácil. Lo difícil es crear sobre las ruinas. Como cuando Franklin Delano Roosevelt implementó políticas públicas para combatir la Gran Depresión y evitar que el país se convirtiera en una dictadura. Cuando desde el liderazgo se promovían los valores democráticos en el país y en el extranjero. Cuando, en un momento de crisis sin precedentes, el presidente decidió ser honesto con los ciudadanos y, en vez de prometer soluciones mágicas e instantáneas, informó sobre los desafíos que tendría que afrontar la república. Cuando en cien días, en vez de instaurar el caos con amenazas y motosierras, se levantó el ánimo de una nación que podía sucumbir, como tantas otras por aquel entonces, ante la tentación totalitaria.

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