Opinión
Derrotar a la guerra
Las guerras comienzan con mentiras y comercio. La subjetividad particular de cada enemigo justifica sus propios desmanes y contraria los del otro lado de la trinchera. A puñetazos no se terminará el mundo, siquiera con desagradables insultos entre rivales, pues para los terroríficos balances de muertos y heridos, a los que por desgracia nos vamos acostumbrando, hacen falta armas que se fabrican con mucha anticipación por seres predispuestos a provocar el drama. Sin conflictos no habría compraventa armamentística y millones de personas tendrían que renunciar a su posición acomodada en lugares de paz.
Los problemas cruciales no se asocian con una única intimidación o amenaza, sino con una serie compleja de dilemas, problemas y conflictos que determinan desacuerdos sociales, tribales, locales, internacionales, políticos, religiosos, económicos, que acaban por modelar antagonismos, crisis y a procesos que se vuelven incontrolables y casi siempre irreversibles.
Cuando hay un conflicto debemos encontrar si alguien gana, e indagar ahí el origen y la culpabilidad. Con seguridad podemos afirmar que los que nunca vencen son las víctimas. Y no debemos olvidar que hay consecuencias que se prolongarán por siglos.
La guerra es uno de los mayores fracasos racionales. La ruptura de lo humano frente a intereses espurios, incomprensibles más allá del egoísmo, la ambición, la negación del otro. No importa la geografía, las fronteras, las ideologías, en los más de 50 conflictos vivos en el mundo se reproduce la barbarie.
Vivimos avecindados en una suerte de fin de los tiempos, que se presiente en la soledad de la masa, en la impenetrabilidad de lo inasumible: globalización, cambio climático, desigualdad, amenaza nuclear, inteligencia artificial, pensamiento único, desaparición de culturas y de lenguas... La comunidad internacional no hace sino reunirse sin alcanzar compromisos firmes y menos es capaz de llevarlos a cabo. Asistimos a un colapso lento de las estructuras supranacionales, los modelos de convivencia, sin más alternativa que las imposiciones de los mercados, movidos por intereses muy alejados de lo que hemos considerado humanidad, Derechos Humanos o sentido común.
Pese a todo, hay que hacer una pausa, más o menos ligera, buscar debajo de las ruinas —el mayor negocio de algunos está en su reconstrucción—. Hay que encontrar oxígenos, provocar el impulso que nos permita continuar ante tamaña pesadilla global. No debemos caer en el desestimiento como especie, porque ese será nuestro último paso. Sobre todo pesa un aire espeso, irrespirable, de pudridero, como de sospecha de todo y de todos. Los días nos llevan como extraños, pasajeros. Son cicerones torpes, cansinos, desacostumbrados ya a la bondad.
Como en la convivencia, nada es nadie sin el otro, pero alguien puede sentirse parte de todo solidario, que lo hay, solo con transmitir una verdad o una emoción positiva. No hay belleza real en la guerra, como no la hay en la cobardía, pero sí gestos impagables. Existen bellezas nítidas en el valor, en la estrategia, en el orden, en el respeto... precisamente en todo aquello que se aleja del conflicto y la confrontación.
Los atajos conducen hacia la nada. Tomarlos es como ganar una batalla y quedarse cual general victorioso sólo frente a un ejército de enemigos e indiferentes heridos y hambrientos. Si el mando es honesto consigo mismo y consecuente con su condición humana, como hombre le derrotarían las miradas de los niños, de las mujeres, de los ancianos, las lágrimas insertas en ojos desesperados, cansados de desconsuelo, vencidos por la propia vida, por la falta de referencias, por el hambre de paz reflejado en cuerpos derruidos, estragados entre el sinsentido de ambiciones injustificadas. Casi nada es verdad, salvo el sufrimiento y la muerte, los drones y los misiles los causan pero alguien los dirige desde un cómodo despacho.
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