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Opinión | Mujeres

Caminar con miedo

«No deberíamos tener que caminar con miedo, ir con cuidado cuando vamos andando; los hombres tienen que respetarnos». Gladys lo tiene claro, aunque cada día tenga que afrontar una realidad muy distinta. Ella es una adolescente salvadoreña, de 17 años, y una de las participantes en una investigación llevada a cabo durante 18 años por la organización no gubernamental Plan International sobre las condiciones de vida de las niñas por todo el mundo. La situación no es muy alentadora.

El informe Real Choices, Real Lives (Decisiones reales, vidas reales), que la organización emprendió en 2006 con 142 niñas en nueve países (Benin, Brasil, Camboya, República Dominicana, El Salvador, Filipinas, Togo, Uganda y Vietnam), ha seguido su evolución desde su nacimiento hasta su mayoría de edad. Ahora, con la última revisión, en 2024, ofrece una instantánea de su estado y su contexto actual y una panorámica de los cambios que han ido experimentando, ellas y su entorno.

No hay grandes sorpresas. Los investigadores de Plan International han constatado que la violencia de género está «profundamente arraigada, a través de normas sociales y de género nocivas», que su magnitud «es devastadora y afecta a mil millones de niñas y mujeres en todo el mundo, con consecuencias graves y duraderas» y, bajando al terreno, que a los 11 años la inmensa mayoría de las niñas, el 91 por ciento, ha experimentado alguna forma de violencia de género. Y eso es así en países muy distantes, geográfica y culturalmente.

La organización fue preguntando y recogiendo los testimonios de las niñas, hablando con ellas, y comprobó que, desde muy pequeñas, interiorizan la idea de que la violencia masculina es algo natural, que los hombres son así, violentos por naturaleza, y que es su responsabilidad protegerse de ellos. Si algo malo les sucede, la culpa es de ellas. Esa creencia daña su confianza, coarta su libertad y les hace dudar de que la igualdad de derechos para niños y niñas pueda ser real.

Sin embargo, y ahí hay razones para el optimismo, las niñas ya no sucumben al engaño. A medida que crecen y maduran, van cuestionado esas ideas, inculcadas por los mayores. Muchas, en una reflexión interna, llegan a ver que la violencia no es inevitable, que es una elección de quien la infringe, y que no hay nada en ellas que las haga merecedoras de ser víctimas. Ahora, al llegar a la edad adulta, esas jóvenes, que quizás algún día serán madres o tendrán en sus manos la educación de los niños de su comunidad, tienen la certeza de que las familias podrían inculcar a sus hijos varones valores que eviten que se conviertan en hombres violentos y agresivos. Ahí hay motivos para la esperanza, para confiar en que, más pronto que tarde, la vida de las niñas y de las mujeres sea más segura en todo el mundo y puedan caminar libremente allá adonde quieran.

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