Opinión
Todo se irá ajustando
IAG, sexto mayor grupo de aerolíneas del mundo por facturación, anunció ayer que una de sus filiales, Vueling, empezará a sustituir progresivamente sus aeronaves de Airbus por las de Boeing. Airbus, participada en un 10,8% respectivamente por el Estado francés y el alemán y en un 4,1% por el Estado español, es uno de los grandes éxitos industriales de la Unión Europea (UE), líder en fabricación de aviones comerciales y de combate. Boeing es una de las empresas más simbólicas de la edad de oro de la industria estadounidense, que ha sido capaz de sobrevivir a crisis y la competencia europea contra viento y marea. En la cartera de IAG, con sede en el Reino Unido, además de Vueling están British Airways, la irlandesa Air Lingus y las españolas Level e Iberia. El primer ejecutivo de IAG es el español Luis Gallego. El presidente del Consejo de Administración es otro español, Javier Ferrán.
En otro momento histórico, la decisión de IAG apenas hubiera llamado la atención. En esta ocasión, sí. Sobre todo, tras los acuerdos comerciales —léase imposición de aranceles— impuestos en términos generales por Estados Unidos a Reino Unido —un 10%— y a la UE —un 15%— a cambio de tejemanejes comerciales. Con todo, una negociación como la que ha podido tener IAG/Vueling con Boeing no es de un día para otro. Hay decisiones y aspectos operativos que llevan meses negociándose, incluso previos a la elección de Donald Trump como presidente de EEUU. En la sede de Airbus, en Toulouse, Francia, algo tendrán que decir.
A partir de hace unas horas, cualquier movimiento empresarial que se realice entre los dos lados del Atlántico se mirará con lupa. Aquí ya no solo se trata de que el aceite español —directa o indirectamente a través de Italia— y el bodeguero tenga que subir precios y ajustar costes para poder vender al cliente americano; sino de los próximos acuerdos empresariales que se produzcan. Un ejemplo más: la energética española Iberdrola ha anunciado una ampliación de capital de 5.000 millones para seguir invirtiendo en Estados Unidos, donde prevé inyectar 20.000 millones hasta 2030. Más operaciones están al caer y compañías como Inditex, que factura un 18% allí, tendrán que dilucidar si les compensa seguir exportando o montar una fábrica en Iowa, Kansas o Carolina del Sur, por mencionar cualquier estado.
La UE —Ursula von der Leyen es una mandada de Emmanuel Macron, del canciller alemán, Friedrich Merz, y cada vez más de la primera ministra italiana, Georgia Meloni— ha preferido un mal acuerdo con la Casa Blanca que sacar el lanzallamas. Preocupa más, como se está ya viendo, la entrada en Europa de productos chinos —desde textiles a precio de saldo a coches competitivos— que llegan subvencionados (ay, el dumping), sin garantizar en origen los mínimos respetos al derecho laboral, que sí pueden dañar la industria local. Muchos de los que critican la definida como rendición de la UE frente a EEUU eran los mismos que hace treinta años clamaban contra la deslocalización de las empresas europeas a Asia. Giran como las veletas.
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