Opinión
La ilusión del refugio
Durante los convulsos años del primer mandato de Donald Trump, se extendió en círculos intelectuales plantearse el arte de la fuga como una especie de consuelo a medias. Era un anhelo de volver a tiempos poco interesantes; de llevar una vida distinta, protegida frente a la intemperie de la política, en lugares aparentemente aburridos y ordenados: Canadá o los países escandinavos, Lisboa o Florencia, los Alpes o Nueva Zelanda... Se trataba de un pensamiento evasivo como cualquier otro. Si la historia se desmorona, no cabe atrincherarse en un rincón tranquilo del mundo sin que los efectos de la caída acaben arrastrándonos. No, al menos, en esta era de globalización comercial y tecnológica.
En una de sus últimas columnas para The New York Times, Ross Douthat insiste en recordarnos que cualquier forma de escapismo se basa en una fantasía. Es cierto que las instituciones liberales que se forjaron en la segunda mitad del siglo XX no gozan de buena salud, pero también que el populismo en el poder se muestra incapaz de dar la espalda a los mercados internacionales. A pesar del ruido incesante y de los aranceles al alza, Washington sigue actuando como el eje invisible de la economía y, en cierto modo, de su orden moral. Y esto significa que no hay torres de marfil en las que podamos refugiarnos de la hostilidad permanente causada por las guerras culturales, la propaganda, la demagogia y los discursos tendentes al enfrentamiento civil. Los conflictos de nuestro tiempo —entre la libertad y las identidades excluyentes, entre la verdad y el resentimiento— se libran en todos los países desarrollados, con el mismo lenguaje y con similares heridas.
En realidad no debería extrañarnos, pues nunca ha habido verdaderos refugios. La cultura del exilio, tan potente en el siglo XX, nos ha regalado algunos testimonios diáfanos. Nadezhda Mandelstam y Czeslaw Milosz, Dietrich Bonhoeffer o Alexander Wat escribieron desde los márgenes si se quiere, pero sus palabras iluminan el centro del debate público. El hombre que huye del presente acabará, tarde o temprano, convertido en el espectador forzado de una batalla que también le concierne. No se puede preservar lo que uno ama sin un mínimo de coraje moral.
Y lo que amamos no se reduce a unas pocas décimas del PIB o a los dictados de la lógica partidista. La historia se sostiene también en lo invisible. Ninguna paz es suficiente si no descansa sobre una verdad hospitalaria.
El humanismo de nuestro tiempo debería recuperar su raíz etimológica: el humus, es decir, la tierra fértil, el límite compartido, la fragilidad de la carne. La humanidad florece cuando se enraíza en la cultura del cuidado y la responsabilidad. Cuidar como una forma de fidelidad a lo recibido, cuidar también como una forma de entrega. El futuro de la libertad se juega cada día en nuestra vida particular.
Humanizar desde dentro. Convertir de nuevo el mundo en un hogar habitable: esta es una tarea noble. Tender puentes, escuchar, cuidar y cuidarnos. Quizás se trate también de una fantasía. La historia se escribe con las decepciones, pero nuestro futuro se juega en una cancha común. Y vale la pena arriesgarse.
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