Opinión | Tribuna
Mònica Pagès
Diez años sin Alberto Carpo
Ya pasaron diez años desde que el pintor Alberto Carpo (León,1936-A Coruña, 2015) traspasara el umbral de lo infinito. Nos dejó mil recuerdos y toda su obra: lienzos, dibujos, esbozos, retratos… Sus sueños pintaron figuras femeninas misteriosas que él encumbraba con el carboncillo y el pincel. Parecían fantasmas de su deseo, a medio camino entre el estupor y la carnalidad, hechos del espíritu del pasado.
Carpo decía que hubiera querido ser «santo y sabio». Así lo expresaba con su voz profunda y subrayando estas palabras tan trascendentales con un silencio que se sostenía entre los dedos, como su cigarrillo pensativo. Los que tuvimos la suerte de conocerlo, aunque fuera en los últimos años de su vida, podemos asegurar que lo logró, que logró desprenderse de todo menos del arte, de su arte. Llegó a santo porque practicaba una humanidad inocente con todo el mundo, aunque su retranca inteligente se soltara sin piedad y oportunamente. Él acogía en su estudio a todo ser humano que fuera curioso en el diálogo, que escudriñara los sentimientos con honestidad. Lo recibía a veces en su batín de lana, con un gato en el hombro y otro entre los tobillos. Parecía un personaje de Valle Inclán. Sabía compartir el tiempo, sin prisa, sin espera de nada, solo por el placer de charlar con una buena dosis de humor, mostrando la luz de su mirada azul con aire alicaído que contrastaba con su nariz aguileña y escultórica. Su rostro ya era en sí una obra original de la naturaleza. Su amistad con personas muy variopintas, anónimas y conocidas y, sobre todo, con su incondicional José Caruncho, dejó un hueco en el que todavía resuenan su carisma y su ternura.
Fue sabio, también, porque leyó mucho, toda su vida. Y los libros y las lecturas, especialmente de los filósofos y místicos hindúes, como Krishnamurti o Ramanamaharsi, le enseñaron a tomar una perspectiva esencial de la vida, de la existencia, sin ornamentos, sin falsedades, siguiendo la honda vocación de su mirada pictórica de la realidad. Y de él aprendimos mucho, porque nos mostró la ambivalencia de una actitud que a veces parecía heroica y otras al margen de la realidad más común.
Su obra habla ahora en su nombre. Cuadros que son escenas un tanto surreales, de colorismo oscuro o de trazo ancho y jugoso. Pintura de placeres cromáticos y de gestos hechos forma que miramos y admiramos con la curiosidad del niño que descubre algo que no ha visto nunca. Practicó el retrato con la máxima libertad y cubrió telas de grandes dimensiones con personajes un tanto inquietantes, con alegorías de Don Quijote o del grandioso Beethoven, y con desnudos femeninos partidos por la mitad o en un trance doloroso. Practicó una pintura un tanto literaria, la que sabía escribir con un léxico dotado hecho de castellano leonés y de su gallego de A Coruña, como su madre y su padre. Alberto fue un niño de la posguerra y un rebelde de la transición. Vivió la aventura de París en la juventud y la huida a Barcelona, en la madurez. Experiencias que fueron forjando una biografía muy rica en percepciones artísticas de todo tipo. Sus hijos María, Alicia y Simón, sus alumnas, sus amores, y su libertad, por encima de todo, quedaron siempre imbricados en un estilo de vida que sólo los artistas como él comprenden y soportan.
Han pasado diez años sin Alberto Carpo, por eso queremos aprovechar este aniversario de su ausencia para seguir recordándolo y contemplar una vez más su obra bajo la mirada azul de su adorado océano.
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