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Opinión

El partido político: concepto y realidad

En una de estas tórridas tardes de solaz vacacional, en un entorno sin ruido, en relativa paz interior y sin la apremiante necesidad de redactar sentencias, me asaltó la inquietud de esbozar, a modo de desahogo terapéutico, unas líneas, más gruesas que finas, sobre la figura jurídica de los partidos políticos.

Cuán peligroso es estar ocioso, sobre todo en un país en el que la primera ley es prohibir.

El artículo 6 de la Constitución Española determina: «Los partidos políticos expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamentación de la participación política (…)». Hasta aquí la pátina técnica, el resto son, dirán los críticos, meras elucubraciones, más aun así, no me resisto a exponerlas.

Los partidos, con todas sus ramificaciones, que cual kraken han penetrado hasta los lugares más recónditos del Estado, han dejado de ser un instrumento loable y bienintencionado, o no, para el gobierno de los mejores, a erigirse en el centro del poder, aupando a éste, en no pocas ocasiones, la mediocridad, cuando no la carencia radical de formación.

Nadie al margen del partido tiene poder decisorio, nadie que no sea el partido maneja el presupuesto, nadie es nada sin el partido.

La partitocracia es un cáncer metastásico que amenaza los principios de igualdad, capacidad y mérito, y que pone en riesgo las libertades de nuestra herencia greco-romana.

El ministro ha de pertenecer, formalmente o no, al partido, al igual que el secretario de estado, el director general, el presidente de los paradores, el presidente del puerto, el gerente del hospital, el director de la agencia de meteorología, del boletín oficial, de la cuenca hidrográfica, de los museos públicos, del 112, el celador o el bedel de un centro público… y todo con el fin de salvaguardar la esencia ideológica grupal.

Los partidos no surgen para ser agencias de colocación, hasta el punto de que la disyuntiva del afín es o lealtad inquebrantable al equipo (eufemismo de «comulgar con ruedas de molino») o la nada, y decimos la nada porque el felón está abocado a la escasez, no es que transite de una situación de bonanza económica a otra de menor opulencia, sino que, cuando la formación no existe, se precipita a la mera subsistencia. Se migra del todo a la nada.

No hay lugar para la meritocracia expuertas del partido, único o variopinto, no hay vida más allá de sus muros.

Así acontece que, en una sociedad española en la que la formación superior alcanza niveles nunca conocidos, el profesional prestigiado y que atesora vastos conocimientos acabe bajo las órdenes de aquellos que falsean, a diestro y a siniestro, y sin rubor, sus currículos.

Entretanto, la sociedad está anestesiada, a lo que coadyuva de modo nada desdeñable gran parte de los medios de comunicación públicos o mediopensionistas. Es notorio que tienen más eco los devaneos amorosos de la espléndida Jennifer López (¡Pobre Ben Affleck!, superado por los leoninos pactos matrimoniales impuestos por la diva, más propios de una figura de Marvel), que una entrevista a Katalin Karikó en una prestigiosa revista científica.

El mérito y la capacidad, solemnemente proclamados en nuestra Carga Magna en su art. 103, sólo tienen un referente, cuando de altos cargos se trata: ser acólito del partido.

El manido «techo de cristal» no es el sexo, fue, es, y seguirá siendo, sino se invierte el proceso, el estrato social, de lo que es reflejo el partido. El sexo no impidió, es más, coadyuvó en ocasiones, a alcanzar el poder y crear imperios a la «actriz» Teodora de Bizancio, Isabel I de Castilla, Isabel I de Inglaterra, o Catalina La Grande de Rusia, o, en fin, en ámbitos más modestos, ¿qué es si no el matriarcado gallego? (otra Isabel, la más grande de todas, mi madre).

Tampoco la división socio-ideológica es horizontal, derecha/izquierda, es vertical, de clase. Nos ilusionaron con que el mérito, el esfuerzo diario e incesante y el conocimiento eran elementos de ruptura de barreras y de ascenso social, y así fue durante una época, eso sí, siempre con un techo. Esta esperanza se ha diluido cuando constatamos que profesionales con años de formación especializada, bien carecen de trabajo, bien perciben nóminas infames, con grave repercusión personal y social, al tiempo que personajes sin bagaje alguno, al menos académico, cuentan sus ingresos por cientos de miles de euros, amén de otras, llamémosles, «retribuciones en especie».

Cómo se puede digerir, sin riesgo de una obstrucción intestinal, que se designe jefe de socorristas en la playa de Santa Mónica a quien no sabe nadar. Y así, «de aquellos polvos vienen estos lodos», decenas de miles de muertos por una crisis sanitaria, cientos de fallecidos y daños catastróficos por inundaciones, incendios que arrasan el país, asesinatos incesantes de mujeres, apagón general, restricciones de agua, delincuencia, inmigración incontrolada, millones de préstamos de 100 € a devolver en un mes, síntoma de precariedad, entretanto el IBEX alcanza los 15.000 puntos… Claro que todo esto habrá que achacarlo al cambio climático, al heteropatriarcado, a Trump, a las centrales nucleares o al neocapitalismo, cuando mucho nos tememos que se debe, al menos en gran parte, a la ineptitud en la gestión, rayana en el delito.

Si no conseguimos erradicar esta lacra la democracia es un trampantojo, y el futuro es sombrío.

Sólo nos queda la esperanza de que algunos «brotes verdes» que se disipan en la lontananza acaben germinando en esta tierra yerma, permitiéndonos inocularle sacrificio, conocimiento y bonhomía que neutralice la ponzoña, y poder dejar así a nuestros deudos una sociedad más justa, igualitaria e ilusionada. A ello pueden ayudar los partidos políticos si asumen su papel primigenio.

La política es la ciencia y el arte de gobernar, y en ella deben participar los ciudadanos elegidos conforme a su mérito y capacidad, no los que tienen el marchamo de un colectivo.

Y, en fin, por no perder el hábito, decía Rafael Barrett y Álvarez de Toledo, ya a principios del siglo XX (la realidad trasciende los tiempos): «Se parecen tanto unos a otros los partidos, que la única manera de distinguirlos es ponerles un color». «Fin de la cita».

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