Opinión | Sección
Un abrazo de Letizia para Juan Carlos I
Por si no bastase con tener una adolescente en casa que de repente empieza a silbar el ‘Cara al sol’ («no te pongas así, no sé qué es, lo cantan los de mi clase»). Por si las encuestas no deprimieran lo suficiente con el incremento de jóvenes que reivindican la dictadura franquista como un periodo de prosperidad silenciado por los progres. Por si no hubiese hartazgo de ultras en púlpitos públicos lanzando bulos sobre pantanos y bombardeos, llega Reconciliación. En sus memorias selectivas así tituladas que este miércoles se publicaron en Francia y el mes que viene en España, Juan Carlos I defiende a su mentor Francisco Franco. Dice cosas como que «le respetaba enormemente, apreciaba su inteligencia» y «nunca dejé que nadie le criticara delante de mí». Le quería, aunque confiesa que la noche que agonizaba se fue a dormir, en lugar de quedarse rezando por él como proponía la reina Sofía. A su esposa, Sofi la llama, la pone por las nubes «aunque nuestros caminos se hayan separado»: devota, ejemplar, un apoyo emocional fundamental. A su hijo Felipe VI, que le ha dejado fuera de las celebraciones oficiales de los cincuenta años de monarquía parlamentaria que se van a desarrollar en breve, le considera «firme como rey, pero insensible como hijo». De Corinna Larsen y de sus otras amigas entrañables no dice nada el monarca emérito, que se considera «el único jubilado sin pensión» de España, y que lamenta: «Devolví la libertad a los españoles, pero nunca la disfruté para mí». No se sabe si este libro es clasificable como ficción o no ficción.
Reinó en España pero ha elegido una orgullosa república para ventilar su desquite. En una entrevista con Le Figaro Magazine que calienta el lanzamiento editorial de un libro escrito por la también francesa Laurence Debray, Juan Carlos I afirma que eligió exiliarse en Abu Dabi para que los periodistas de su país no pudieran encontrarle. «¡La última vez que vino un periodista español, las autoridades locales lo metieron en la cárcel! Tuve que intervenir para sacarlo», bromea. Qué risa, en caso de que sea cierto, que yo lo dudo. Porque el encierro de un compañero en ese lugar sin derechos humanos a donde se ha mudado el emérito hubiera tenido alguna repercusión por estos lares, cosa que no ha ocurrido; pero en fin, que la realidad no opaque una buena muestra de campechanismo. Tal vez le ha traicionado el subconsciente y a quien le gustaría ver en una celda del desierto es a cierta antigua presentadora del Telediario, hoy reina y madre de futura reina, con quien no hace buenas migas. «Tengo un desacuerdo personal con ella. No contribuyó a la cohesión de nuestras relaciones familiares», cuenta críptico sobre Letizia Ortiz. Sangra por la herida el autor del disparo que mató a aquel elefante en Botsuana, el que recibió de parte de autócratas donativos millonarios de dinero que nunca tributó, un suegro de los difíciles. Pues se ha buscado la peor enemiga. Como lleva años lejos de España y de su periodismo, rodeado de una limitada corte de aduladores, tal vez ignore el incuestionable progreso en la valoración social de la reina, un activo fundamental de la monarquía hoy. Bastó verla en el funeral de Estado por las víctimas de la dana de Valencia. Puede que sus apretados abrazos a las familias, atraídas hacia ella como por un imán, frenaran el linchamiento in situ del ominoso Carlos Mazón. Otro que iba de víctima, que se resistía a dejar vía libre y que ya es historia.
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