Opinión | El trasluz
Ser valientes
Estos días del recién estrenado otoño, cuando salgo a caminar a primera hora de la mañana, el aire frío y húmedo que se cuela por mis fosas nasales y mi boca, posee, o así me lo parece, una densidad que lo vuelve masticable. Lo digiero, además de respirarlo. Con frecuencia, se me atraganta un pedazo de ese aire como una miga de pan que entra por donde no debe. Y toso, y al toser se abre una grieta en la atmósfera por la que asoma, concentrado, el miedo del mundo, todo el miedo del mundo. Absorbemos sin darnos cuenta cantidades ingentes de miedo que los pulmones y el aparato digestivo filtran o criban para hacer tolerable el pánico que nos rodea. Durante unos instantes (los que dura la tos) se manifiestan en toda su crudeza las desgracias propias hábilmente combinadas con las ajenas, un poco al modo en que en El Aleph, de Borges, se expresaban todas las cosas del universo en un solo punto. Pero aquí, en esta versión prosaica del Aleph, no hay revelación ni epifanía: solo un catálogo confuso de ansiedades. La factura del gas, el bulto de la ingle, la adolescencia del hijo o de la hija, la guerra que se libra a tres mil kilómetros, la vejez de los padres (o la de uno), la volatilidad de los mercados, el precio de la vivienda, el murmullo con el que se anuncia ya el próximo virus. Todo se mezcla y se precipita hacia los bronquios, que hacen lo que pueden con ello: filtrar, traducir, olvidar… Esas toses matinales podrían constituir la protesta del alma contra los excesos de la realidad. Un modo rudimentario de expeler lo que nuestro metabolismo no puede asimilar. Quizá es por eso por lo que el aire de esas horas parece más denso: porque está saturado de las exhalaciones de quienes antes que yo sacaron a pasear su espanto como el que saca al perro. Deberíamos aprender a respirar de nuevo, aunque no con los pulmones. Tal vez con la imaginación, la única de nuestras facultades capaz de transformar la mierda en oro.
Continúo caminando, en fin. El sol empieza a reflejarse en las ventanas de las viviendas en las que la gente se afeita o desayuna. Respiro más despacio. Se me ocurre que, aunque no podamos librarnos del miedo del mundo, tal vez podamos controlarlo. Cada mañana, en ese primer aliento frío, el día nos ofrece la posibilidad de ser valientes.
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