Opinión
Trastornos institucionales
Cuando se acumula un exceso de novedades discordantes los sistemas democráticos tienen mayor riesgo de trastorno institucional. Por ejemplo: un fiscal general en el banquillo, Puigdemont apalancando desde Waterloo, Santos Cerdán en la cárcel, la publicación de las memorias del rey emérito en Francia, Mazón entre dos aguas: pieza a pieza, el tablero es algo convulso. Entre las tinieblas aparece la kale borroka en los campus universitarios.
Va a cumplirse el medio siglo desde el inicio de la transición democrática. Los antisistema y el sanchismo dicen ahora que la democracia llegó a España de la mano de la izquierda. No fue así: llegó de la mano del perdón. Tampoco hubo un pacto de olvido, sino de reconciliación. Desde entonces, las patologías de la memoria han logrado ganar territorio y de ahí a los memes, el infantilismo político y la ventaja de los extremos.
Despliegue de desmemoria
La conmemoración en ciernes tiene todo el aspecto de ser un despliegue de desmemoria. El GPS de los sistemas institucionales no funciona del todo bien, más allá del desfile de pícaros, bufones y carteristas que merodean por la vida pública. Es como si la politización del sistema institucional tuviera por objetivo regalar el voto juvenil a la derecha de la derecha y a la izquierda de la izquierda.
En el lenguaje de la ingeniería se habla de fatiga de materiales: los materiales sometidos a cargas dinámicas cíclicas se rompen más que bajo cargas estáticas. Ha pasado mucho tiempo desde que un gobernante del PSOE dijera que a España se le habían roto las costuras. Con Pedro Sánchez la rotura no es por crecimiento sino por confusión. La cuestión es si eso puede llevar a una fractura.
Hay más desgobierno que gobierno cuando se habla tanto de elecciones anticipadas. El choque entre el poder ejecutivo y el judicial no es un pasatiempo de jueces a punto de jubilarse y estadistas a media pensión. Más bien es fatiga de materiales, liderazgos sin raíces, periodismo sesgado y un descuido de la opinión pública. Con tanto trastorno, el sistema institucional pierde poder de ejemplaridad. El gran Cánovas advertía en su tiempo sobre el riesgo de hacer la política de exigirlo todo o echarse al monte, porque la política es el modo de vivir juntos, y para eso se necesita una serie de transacciones constantes «que lleguen desde lo más alto a lo más bajo». Concretamente, es el caso de la política exterior: nadie se ha esforzado tanto como Sánchez —con la ayuda de Rodríguez Zapatero— para que no se de ese consenso ente PP y PSOE.
A Pedro Sánchez le van fallando los aliados parlamentarios —Junts, por ejemplo— y la facción Sumar de su Gobierno. Es un equilibrismo que raras veces acaba bien, por mucho que se aluda a la amenaza de trumpismo, Vox o Milei. Los extremos de ineptitud se pagan en las urnas. El buen gobernante es el que intuye lo que luego dirán las encuestas y no el que administra según lo que vayan diciendo las encuestas —especialmente, las del CIS—. Sobre todo, gobernar requiere gentes honestas porque ya se sabe que la corrupción exige complicidad.
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