Opinión | Crónicas galantes
Herencias de la monarquía
Todos los amantes del progreso somos republicanos hasta que nos tocan la cuestión de las herencias. Ahí nos convertimos en monárquicos involuntarios, al aceptar como lógico el hecho de que los hijos hereden de sus padres todo aquello que puedan y quieran legarles. Un negocio, un piso, un trono o lo que sea.
Sucede, por ejemplo, en el mundo de la empresa. No resulta inusual ni mucho menos que los —y las— dirigentes de grandes o pequeñas compañías lleguen por vía hereditaria a los cargos que desempeñan. De ahí nacen dinastías industriales.
En las monarquías ya se da por hecho que el poder —o su representación simbólica— se hereda. Es lo que caracteriza, precisamente, a esa institución.
El actual rey, pongamos por caso, ha renunciado formalmente a la herencia financiera de su padre; pero no al trono. El propio Juan Carlos I se lo ha recordado en sus memorias. «No puedes rechazar la herencia institucional sobre la que reposas», dice que le dijo cuando Felipe VI rechazó la parte dineraria que pudiera corresponderle como legado. Al trono hereditario por definición no renunció, como es natural.
Por el título de rey se enfrentaron ya en su momento Carlos IV y Fernando VII, padre e hijo que competían en hacerle la pelota a Napoleón, que era el que mandaba. La situación se repitió casi dos siglos después con Juan de Borbón y su vástago Juan Carlos, enfrentados por ganarse el favor de Francisco Franco, quien tenía en su mano decidir cuál era el heredero de la Corona. No hará falta recordar que escogió al hijo, por más que el título le correspondiese técnicamente al padre.
Hay quien se asombra de que el anterior monarca —ahora honorífico— guarde buen recuerdo de Franco, actitud de lo más lógica. Fue el dictador, a fin de cuentas, quien lo nombró rey, cuando podría haber elegido a quien le diera la gana.
La monarquía carecería de sentido sin su condición hereditaria, como hizo notar en su día Salvador Dalí. Solo el genio de un artista podría defender con argumentos científicos la existencia de una institución de suyo anacrónica como la de los reyes.
Dalí no apelaba a razones de tipo político, sino a la metafísica y, sobre todo, a la ciencia de los genes. Mucho antes de que se popularizase el ADN, el pintor de Cadaqués hablaba ya del papel esencial del ácido desoxirribonucleico, que es lo mismo solo que con palabro más largo. «Desde la primera a la última célula, todo se ha transmitido genéticamente», sostenía Dalí para concluir de seguido que la monarquía es la más palmaria prueba.
Solo en Estados Unidos, imperio republicano y masón como Dios manda, resisten todavía algunos a la lógica monárquica de la herencia. Grandes multimillonarios de ese país, como Buffet, Zuckerberg, Gates o Cook han anunciado su propósito de donar la mayor parte de sus capitales y acciones a la beneficencia, en detrimento de sus herederos de sangre. Igual es que ya solo quedan republicanos de verdad entre los yanquis. Aunque con Trump no lo parezca.
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