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Opinión | EDITORIAL LA OPINIÓN

Educación y nuevas tecnologías

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. / Aleksandra Suzi

El juicio al Fiscal General del Estado y el ruido de la actualidad opacaron esta semana los datos de un reciente estudio sobre los hábitos digitales de los adolescentes elaborado por los profesores Antonio Rial Boubeta y Joël Billieux que muestra datos preocupantes hasta el punto de requerir una reflexión profunda como sociedad.

Un tercio de los adolescentes reconoce llevar el teléfono móvil al colegio y utilizarlo en clase a escondidas, algo prohibido en Galicia; un 41% de ellos duerme con este dispositivo en la habitación todos o casi todos los días y casi la mitad de ellos lo utiliza de madrugada, evidenciando el papel nuclear de la conexión digital en sus vidas y el difícil control que pueden ejercer sus progenitores. La edad de acceso a una terminal móvil se mantiene en los 11 años y medio y año después se produce el primer contacto con la pornografía. Además, casi un 6% de estos niños «podría haber desarrollado ya un patrón de uso problemático».

Los datos más preocupantes indican que el 58% reconoce haber hablado con desconocidos y una cuarta parte confiesa haber recibido mensajes sexuales, con un 10% asumiendo «presiones» para enviar contenido explícito. Un 5,7% de los menores de 16 años incluso ha recibido proposiciones sexuales de adultos.

Estas cifras no solo constituyen un problema en sí mismo, sino que reflejan un cambio social abismal, con unos padres que todavía no saben calibrar el impacto de las redes sociales y el uso de internet sobre sus hijos. Y lo que es peor: carecen de herramientas para protegerlos, como revelaron recientes informaciones acerca de las denuncias contra la plataforma de juegos Roblox por no blindar debidamente a los menores de edad de los depredadores sexuales.

Las opciones existentes de control parental suponen tan solo un pequeño escudo ante un universo de mensajes, plataformas y tutoriales para poder saltarse esas barreras, por lo que urge un debate profundo a nivel social sobre cómo articular respuestas a esta nueva realidad social.

Además, un mal uso de internet y este tipo de plataformas y de redes sociales también socava la salud mental, así como fomenta el acoso escolar, que hace años se limitaba a un hostigamiento cobarde hacia el más débil o el diferente dentro del ámbito escolar o del parque. Ahora, puede aplicarse esa tortura prácticamente las 24 horas del día a través de internet, dejando al acosado sin un espacio seguro. Ni en su cuarto puede sentirse a a salvo.

Más allá de los posibles filtros en las plataformas de juego o sociales y del control horario por parte de los padres y madres de los niños, debe abrirse un debate social para ofrecer un mayor énfasis en la formación en un uso correcto de estas tecnologías.

En los cursos de 5º y 6º de Primaria ya se incluyen explicaciones sobre la cobarde actitud que supone el acoso, pero quizás sea necesario pisar el acelerador y elevar la presencia de estas charlas y sesiones en las aulas.

Sin embargo, son los progenitores los que deben asumir un cambio de chip a la hora de educar a sus hijos. Es la a clave para evitar comportamientos perniciosos o que se expongan a peligros: dotarlos de herramientas para identificar posibles riesgos, advertirlos sobre las posibles consecuencias sobre otros de actitudes crueles en las redes o recordarles que estas no son la vida real. Solo así podrán reducirse las posibilidades de que sean víctimas o verdugos de una sociedad cada vez más digital.

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