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Opinión | Crónicas Galantes

Huevos que cuestan lo suyo

La expresión un tanto abrupta «cuesta un huevo», que alude al alto precio de un producto o a la dificultad para conseguirlo, podría cobrar todo su significado con la gripe aviar.

Como si fuesen vulgares seres humanos, las aves de corral han sido confinadas por parecidas razones a las que años atrás forzaron el arresto domiciliario de la gente en muchos países. Y eso tiene un coste, naturalmente.

La consecuencia lógica sería una subida en el precio de los huevos, que de hecho se han encarecido un 18% durante el último año. Ya había ocurrido en Estados Unidos, donde la gripe ultimó a millones de gallinas con el subsiguiente desfase entre la oferta y la demanda. La epidemia, que allí se remonta a tres años atrás, forzó incluso algún racionamiento de este comestible en el súper.

El Gobierno español que, como todos, propende al optimismo, ha querido tranquilizar a la población. El impacto en los precios será escaso y «muy puntual», según el ministro de Agricultura que lleva estos asuntos.

A favor de esa llamada a la tranquilidad juega el dato de que el confinamiento afecte tan solo a las gallinas camperas que disfrutan de una cría al aire libre. Estas aves felices representan tan solo el 10% del total. El resto de las ponedoras seguirán cautivas, como ya venía sucediendo; y tanto estas como las ahora confinadas pondrán huevos a diario. Otra cosa es una posible especulación con los precios, pero tampoco vamos a malpensar.

Peor que estas desdichas de tipo económico es la hipótesis de que la enfermedad pueda transmitirse a los mamíferos, humanos incluidos. Allá en el rancho grande de los USA se han registrado, de hecho, unos setenta contagios a personas que en su mayoría trabajaban en granjas y por tanto tenían un contacto directo con los animales.

No hay noticia, afortunadamente, de que el virus se contagie por consumir los huevos o la carne de pollos afectados. Ninguna razón existe para que los más aprensivos teman que les salgan plumas o empiecen a cacarear involuntariamente si la epidemia avícola va a más.

Infecciones virales aparte, la crisis de los huevos da juego para muchos chistes malos en este país donde tanto se valora hacer las cosas por huevos, precisamente.

«¡Manda huevos!», dijo en famosa ocasión todo un presidente del Congreso de los Diputados al que se le atravesó la enrevesada redacción de cierta ley. Otro parlamentario dejó constancia, recientemente, de que le importaban un huevo las cosas que hiciera el Gobierno. La palabra puede usarse para decir una cosa y la contraria.

Todo lo malo será, en fin, que los huevos pasen a costar un huevo, aunque uno ignore de dónde procede esa expresión, probablemente relacionada con el valor del testículo humano. Las pobres gallinas nos han puesto las bromas a huevo.

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