Opinión
Abyección
He recordado, claro, el testimonio lúcido y triste, alentador y devastador a la vez, de Boban Minic, el periodista bosnio que estuvo ante los micrófonos de Radio Sarajevo desde abril de 1992 hasta el otoño de 1995, cuando se instaló en L’Escala, gracias a una red de solidaridad al frente de la cual toca mencionar el nombre de Miquel Ruiz, impulsor y fundador de Fotògrafs per la Pau, una oenegé que logró, desde 1993, establecer un efectivo y afectivo vínculo humanitario con las víctimas del conflicto balcánico, durante y después de la guerra. Ambos están muertos, Miquel y Boban (el primero, hace dos años; el segundo, esta primavera). He pensado en ellos, digo, a raíz de la noticia de hace una semana, la investigación del periodista Ezio Gavazzeni, ahora en manos de la Fiscalía de Milán, que nos ha descubierto la existencia de individuos que pagaban una morterada por disparar libremente, alegremente, a los ciudadanos de Sarajevo que tenían que atravesar como podían el Bulevar Meše Selimoviæa, la desgraciadamente famosa Avenida de los Francotiradores.
Boban Minic, que fue colaborador de El PERIÓDICO, era el conductor de un magacín cultural llamado Mivion, pero a partir del acoso serbio, que tenía rodeada Sarajevo, desde el estudio situado en un búnker se convirtió en la voz radiofónica que ofrecía una brizna de esperanza a la población: consejos prácticos, información de servicio, palabras frente a la soledad y el terror, con un lema que rezaba: «No camines agachado bajo las estrellas». Cada noche, durante todo el asedio. En el exilio ampurdanés, con su esposa Dina y sus hijos Goran y Boran, recordaba aquellos días terribles: «Vivir allí era como una ruleta rusa. Nos mataban los francotiradores, nos arrojaban, indiscriminadamente bombas y proyectiles que mataban a la gente, a los niños que jugaban delante de casa. Era dantesco, una vida dantesca».
Prefiero recordarles, a él y a todos los que ayudaron a su familia y a otras familias bosnias, que imaginar la abyección de los seres humanos que hacían prácticas de tiro contra otros seres humanos durante un fin de semana de ocio. De hecho, ya lo sabíamos (o lo intuíamos, al menos, por otras informaciones, por el documental Sarajevo safari o por el trabajo Serbian Epics, de Pawel Pawlikowski, el director de Cold war, sobre el poeta ruso Eduard Limónov, donde podemos ver cómo dispara una metralleta haciendo puntería sobre las calles, bajo las indicaciones de Radovan Karadžiæ), pero la magnitud (y la miseria moral) de lo que explica el periodista milanés radica en el hecho de la arbitrariedad, del capricho, de la superfluidad.
Boban Minic, poco después de las matanzas de Srebrenica, escribió en este diario que «durante el asedio de Sarajevo me acostumbré a pensar que cualquier cosa, por improbable que fuera, podía ser cierta». Pienso en él, ahora, en su ademán digno y abatido, y en los abyectos millonarios que volvían al calor del hogar después de haber matado, porque sí (¿por qué no?) a los vecinos de Boban, aquellos que atravesaban agachados y temerosos la Avenida de los Francotiradores.
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