Opinión | Shikamoo, construir en positivo
La Tierra en el siglo XXI
Comienzo estas líneas saludándoles. Espero que estén ustedes bien, en lo que empieza a ser ya la recta final del año sin muchos más parapetos. ¿Qué tal se encuentran? ¿En qué andan ahora? Yo sin novedad, más o menos en las mismas cosas de siempre, y estos días ilusionado con algunas pequeñas experiencias con alumnado de educación infantil, tratando de contarles con experimentos algunas cositas de ciencia. Un reto siempre difícil, claro, pero donde es fantástico poder estar cerca de profesionales que conocen mucho mejor que yo el abordaje de estas cuestiones en etapas tan tempranas de la vida. Y todo ello con un objetivo muy sencillo, que no es otro que el de tratar de poner en su futura agenda y en la mira de cada uno cuestiones importantes relativas al conocimiento que, créanme, parecen perder peso cada día en este imaginario colectivo de tiempos líquidos y hasta gaseosos...
Otro de mis empeños en el mismo ámbito es intentar desempolvar algo del espíritu científico de otros tiempos, quizá más épicos y de eclosión, donde lo académico estaba mucho menos sectorizado y segmentado, en un contexto en el que siempre parecía que quedaban muchas cosas por descubrir verdaderamente novedosas y hasta revolucionarias. Y lo hago apoyándome, entre otras palancas, en la obra del francés Verne. O, más exactamente, en una de sus obras, bastante peculiar, a la que me gustaría dedicar hoy esta columna. Se trata del segundo de los textos escritor por tal autor, después del gran éxito de su primera obra, pero que no vio la luz hasta mucho después de que falleciese.
Precisamente en la razón de por qué no se publicó antes, por deseo de su editor, está el quid de aquello que quiero tratar hoy. El libro se titula “París en el siglo XX”, y está ambientado en un futuro entonces 1960. Verne, que ya por entonces era un visionario de por dónde podía ir la sociedad de bastantes décadas después, imagina para entonces un grupo humano que vive en rascacielos, que dispone de máquinas que calculan, coches que usan gas como combustible o -sorpréndanse- incluso apunta la existencia de una red global de comunicación. Pero -y ahí el miedo del editor Hetzel- la sociedad que dibuja no era demasiado feliz, un poco en la línea de lo que también nos retrató Huxley. Era un libro que podía ser tildado de pesimista. Y es que una mezcla de pesadumbre, aburrimiento y apatía flotaba en el ambiente de tal mundo futuro en este o en otros muchos retratos distópicos... ¿Les suena?
Ya ven por dónde voy, queridos y queridas... Esta es, sin duda, la mejor de las sociedades que ha existido nunca, desde muchos puntos de vista. Pero también podemos afirmar que, cumplido el primer cuarto del siglo XXI, este arrastra enormes sombras. Muchas de ellas fueron dibujadas previamente por autores diversos que, atinados y certeros en sus análisis, entendieron cuáles eran los retos y cuáles podían ser los riesgos de la vertiginosa progresión al futuro que se vislumbra desde hace unos años... Pues bien, creo que estamos inmersos ya en una época en la que podemos afirmar sin ambages que muchas de tales cuestiones están ahí ya, bien tangibles... ¿Hablamos de soledad? ¿Hablamos del papel -o falta de papel- de los mayores? ¿De la falta de comunicación y el aislamiento del individuo? ¿De la orfandad de rumbo colectivo? ¿De la pérdida de fuelle de la participación política y cívica, en aras de una mucho mayor individualidad?¿De la vuelta a paradigmas intolerantes y autoritarios? Porque es bien cierto que hoy, con carácter general, se tolera mucho más al individuo en su diversidad... Pero no se engañen, no tanto es por respeto -que es lo que tocaría- como por indiferencia... Esta es una sociedad más indiferente respecto a todo, y particularmente se han debilitado mucho los vínculos de todo tipo entre las personas...
Antes había otros referentes morales, sin duda impuestos, interesados y un tanto arbitrarios, que además tenían la particularidad de no tolerar y de perseguir cualquier desviación del camino exigido al individuo... Ha sido muy bueno ensanchar las miras de la sociedad, mucho más allá de un esquema homogeneizador y profundamente lacerante ante cualquier tipo de disensión. Pero en tal transición no ha habido tampoco, de forma paralela, un ejercicio potente y honesto de profundizar en el ejercicio de los valores sociales y ciudadanos, mucho más allá del titular y la propaganda. Y, con tales mimbres, nos ha quedado un país poco apegado a una alta calidad moral individual y colectiva, y más al “porque yo lo valgo”... Y esto es particularmente grave cuando, además, se nos está mostrando desde hace años tal tipo de catadura en todo tipo de organizaciones y, más grave aún, en las más altas instituciones del Estado, afectadas por variados comportamientos ética e incluso penalmente muy reprobables.
Creo que queda mucho por hacer en la tarea de construir un mundo cada día un poco más armónico, donde respetar sea el verbo más conjugado y en el que el éxito colectivo tenga más peso, incluso, que el personal. Para intentar abundar en tal empresa analizaremos en estos meses, con chicos y chicas de Bachillerato, la historia que nos presenta Verne en “París en el siglo XX”, título que podríamos actualizar hoy como “La Tierra en el siglo XXI”. Ya les contaré... Seguro que, de ello, algo bueno queda en alguna parte...
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