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Opinión

Medio siglo

Hoy comprobamos con dolor que el optimismo de los noventa fue, al fin y al cabo, una ingenuidad.

Se cumplen cincuenta años de la muerte de Franco y cinco décadas dan para mucho en la historia de un país. En realidad, es mi propio medio siglo y el de todas aquellas generaciones que nacieron a caballo entre el final de la dictadura y los inicios de la democracia. No fuimos protagonistas de nada, pero sí sus primeros herederos. ¿Percibíamos de niños la herencia del franquismo? ¿Y de jóvenes, cuando la nación se abría al sueño europeo y capitalizaba los frutos de la primera modernidad democrática? También cabe preguntarse qué queda hoy del legado de un dictador, cuando su sombra se diluye lentamente en la democracia constitucional que surgió después de su muerte.

La historia se lee casi siempre a través de paradojas. Y una de ellas se resume en la figura de nuestro rey emérito. Juan Carlos I supo desmantelar el Movimiento con la misma mano firme con que el caudillo había impuesto un partido único. «De la ley a la ley», se dijo entonces. Fue un acto de realismo compartido que enterró el pasado mediante un acuerdo constitucional. La posterior victoria del PSOE en 1982 daría paso, en los años 90, a la alternancia bipartidista: de González a Aznar la senda fijada se llamaba Europa. Esto fue así desde el principio de la Transición. En apenas una década, se selló el ingreso en la actual UE —entonces CEE— y en la OTAN, vinculando el destino de España a la cultura política de Occidente. Tras la reconversión industrial y los ajustes ligados a la crisis petrolera de los setenta, la economía inició una importante expansión que se mantuvo —aunque con altibajos— hasta el crac de las subprime, del que en cierto modo aún no nos hemos recuperado. La historia no tiene nunca un único arranque, pero sin duda la quiebra de Lehman Brothers en septiembre de 2008 —como hecho simbólico y por sus consecuencias— fue determinante para el futuro. Si alguna vez el Estado se ha mostrado desnudo, fue en aquellos años en los que estuvimos al borde del abismo social y económico. Las heridas aún no han cicatrizado.

El retorno de los populismos tuvo lugar casi de inmediato en toda Europa —también en España— con la reaparición de espectros seculares que creíamos olvidados. Hoy comprobamos que el optimismo de los noventa fue, al fin y al cabo, una ingenuidad. Sin embargo, ya es demasiado tarde para volver atrás las agujas del reloj. Mirar hacia el futuro exige reconocer primero la realidad. Y la realidad se mide en términos de una explosiva fragmentación social e ideológica. Lo que se ha perdido es la idea de una ciudadanía común.

La ausencia de aquellas virtudes cívicas que hicieron posible el pacto de la Transición se traduce en un enorme desencanto. El debate se ha crispado y llenado de emocionalidad. Convive una incesante propaganda con las fake news y con la memoria selectiva. La fragilidad de las políticas públicas erosiona las condiciones de vida de una inmensa mayoría. Y la irrupción de las IA y de la robótica amenaza con disparar a medio plazo las cifras de desempleo. La coyuntura es endiablada si no se actúa con inteligencia y finura. ¿Lo haremos?

El medio siglo transcurrido desde la muerte de Franco nos recuerda que ningún logro político es irreversible y que el futuro depende de nosotros mismos. Moderación, responsabilidad, respeto y generosidad no son palabras gastadas. Haríamos bien en volver a aplicarlas.

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