Opinión
La cacería y el cariño
«¿Le está entrando agua, cariño?». «Tranquila, cariño». «Ya lo sé, cariño, ya lo sé». «Usted póngase a salvo también, cariño, ¿vale?». «Está asustada, cariño, yo voy a intentar tranquilizarla». «De nada, cariño». Estos fragmentos forman parte de una conversación a tres bandas. Por un lado, una operadora del servicio de teleasistencia atendiendo la llamada desesperada de L., una mujer de 80 años. El agua está inundando su casa y no puede moverse. La profesional, después de pedir ayuda a la Policía Local de Picanya, llama a la persona de contacto de L., una amiga, pero ella también se encuentra en dificultades. Las transcripciones de los servicios de teleasistencia durante la dana son escalofriantes. Entre las palabras se palpa el terror de quien se enfrenta a una muerte horrible. Pero hay algo más, ese «cariño» reiterado de una operadora, esa palabra arrojada como un ilusorio salvavidas de afecto ante la tragedia. Del mismo modo que se siente la angustia de la víctima, también se percibe la compasión de la persona que la asiste, su esfuerzo por acompañarla. Una mano tendida, un soplo de vida ante la inminencia de la muerte.
En El corazón del hombre, Erich Fromm reflexionó sobre la orientación «biófila» —amor a la vida— frente al instinto destructor: la necrofilia. El libro fue publicado en 1964, cuando la Guerra Fría mantenía vivo el temor a una guerra nuclear. En sus páginas, el autor (que había vivido dos guerras mundiales) se preguntaba si la humanidad se dirigía hacia «una barbarie nueva» o si era posible «el renacimiento de nuestra tradición humanista». Por ello estudiaba la naturaleza del mal y los impulsos que llevan a elegir entre el bien y el mal. Al lado opuesto de la compasión, Fromm situaba el «narcisismo maligno». Una suerte de hipertrofia narcisista en la que el individuo idolatra tanto su propio yo que distorsiona su relación con los otros, despreciando la vulnerabilidad.
La Fiscalía de Milán está investigando la presunta existencia de grupos de «turistas francotiradores» durante el brutal sitio de Sarajevo (1992-1996). Italianos que habrían pagado entre 80.000 y 100.000 euros para pasar un fin de semana de cacería humana en las colinas que cercaban la ciudad. Por disparar a niños se pagaba más. Se señala a gente con dinero y reputación, próximos a círculos de extrema derecha y apasionados de las armas.
Pienso en la operadora de la dana —con su sueldo escaso, su corazón encogido y su humanidad condensada en ese «cariño» reiterado— frente a la degradación moral de unos individuos que mataron por matar. La escucha, la empatía y el auxilio frente al placer de destruir. En su libro, Fromm señala cómo el narcisismo maligno puede convertirse en un fenómeno social y político. Cuando se alimenta la superioridad del grupo propio y la inferioridad de los otros. Cuando la crueldad va impregnándolo todo hasta el fin de la democracia, incluso de la vida. Todo está escrito. La historia nos lo recuerda: si perdemos la capacidad de conmovernos, también perdemos la esperanza de elegir el bien.
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