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Opinión | Editorial

Memoria y defensa de las libertades

El hemiciclo del Congreso de los Diputados.

El hemiciclo del Congreso de los Diputados. / EFE

El pasado jueves se cumplió medio siglo de la muerte del dictador Francisco Franco, que protagonizó cuatro décadas de terror como jefe de Estado en España impuesto a los ciudadanos tras la victoria de los golpistas en la Guerra Civil, que regó de muerte España entre los años 1936 y 1939.

Galicia, tierra natal del dictador, conoce bien los excesos de la familia del llamado Generalísimo, pues ha liderado el intento de recuperar para el erario público los bienes expoliados a la sociedad, con el pazo de Meirás como ejemplo palpable de la corrupción del régimen. La justicia ha considerado probado que se expropió para engordar el patrimonio personal del dictador.

La muerte de Franco dio paso a un proceso político que acabó en la Transición, un período histórico del que se ha hablado largo y tendido durante el último medio siglo y que, con sus luces y sombras, permitió aprobar una Constitución e instaurar un sistema político de libertades reduciendo la violencia a sucesos puntuales y eliminando el riesgo de otro enfrentamiento armado.

Sin embargo, los jóvenes actuales reconocen estos días de efeméride el desconocimiento de su propia historia, un elemento que coincide con los mensajes antipolíticos en las redes sociales y la ola que pone en cuestión incluso la propia democracia, como revelan encuestas que reflejan las dudas de parte de la juventud acerca de los beneficios que podría aportar un régimen semiautoritario, una idea con la que comienzan a coquetear líderes mundiales como Donald Trump o Javier Milei.

Minimizar el daño causado por el franquismo, ensalzando la etapa del desarrollismo económico, azuza peligrosas ideas entre las nuevas generaciones, asediadas por una avalancha de sobreinformación en la que se mezclan debates legítimos y preceptos dañinos para el Estado de Derecho, como equiparar este con una dictadura. La banalización de un régimen militar como el franquismo florece en redes sociales sin filtro alguno. Una cuenta en Tik Tok, por ejemplo, recupera incluso vídeos del NO-DO, el noticiario de propaganda franquista que se emitía de manera obligatoria, como muestra del buen nivel de vida de los años 50, tratando de negar la existencia no solo de la represión de quien no se alinease con el régimen o contase con un familiar rojo, sino también de dificultades para acceder a la vivienda, progresar socialmente, alcanzar la universidad o simplemente contar con un puesto de trabajo.

Esta semana, un grupo de alumnos de la Escola de Imaxe e Son de A Coruña abordaban un debate sobre esa época y reconocían la poca formación recibida durante su etapa escolar, especialmente sobre el lado más turbio y oscuro del franquismo.

Honrar la memoria de quienes contribuyeron a la instauración de la democracia y quienes recibieron el castigo —en muchos casos mortal— de la dictadura debería suscitar un consenso entre los partidos políticos y la sociedad, obligados moralmente a construir un escudo contra los peligros que acechan las libertades individuales y colectivas en forma de discursos autoritarios.

Cauterizar esos riesgos debería constituir una prioridad y son las aulas el primer escenario donde recordar la dureza de cuatro décadas durante las cuales no existió una libertad que ahora disfrutamos todos. Pero no son el único escenario necesitado de pedagogía.

En un clima político enardecido, con un fiscal general del Estado por primera vez condenado por revelar datos fiscales de un investigado por fraude, resultaría saludable acordar entre los actores sociales evitar las comparaciones del sistema actual con la dictadura, un pacto que contribuiría a reforzar el dique de contención contra posibles amenazas al Estado de Derecho.

Uno de los grandes éxitos de la Transición ha sido, con sus fallos innegables, crear la sensación de que este sistema de libertades está blindado en España, pero el curso de muchas potencias mundiales y el éxito de regímenes con controles impensables en Europa obligan a reflexionar sobre la necesidad de defender la democracia. El primer paso debe ser no olvidar el pasado.

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