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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

Sí, existe…

Sí, la violencia contra la mujer existe. Y no englobándola en otro tipo de lacra más general, o simplemente porque fuese una mujer la que pasaba por allí… No, la misma sigue un patrón característico, fuertemente imbricado en la sociedad. Una reminiscencia profunda de una sociedad machista que, aunque estemos consiguiendo mejorarla cada día más, sigue muy vigente. Y todo ello en un contexto en el que de vez en cuando se disparan las alarmas de la involución. De la que se escribe vía relato edulcorado de los tiempos de ignominia, en los que la mujer era un mero complemento del hombre. Algo de lo que ni podemos estar orgullosos ni podemos justificar de manera alguna. Hay que mirar hacia adelante.

Sí, la violencia contra la mujer existe. Y cada vez que los periódicos nos explican otro macabro y luctuoso episodio acaecido en cualquiera de nuestros pueblos o ciudades, esto se evidencia. Se rompe entonces una parte de todos nosotros y nosotras, y no tengan duda de que nos asomamos entonces a un fracaso colectivo más. Porque cuando un hombre mata a una mujer porque supuestamente le quiere y no soporta el fracaso de su relación, actúa no tanto por una pulsión individual —que también— sino como el reflejo de un comportamiento aprendido y socialmente aún presente. Pero no, nadie es dueño de nadie. Y si alguien está con alguien ha de ser por voluntad propia, revisable y revocable. No por imposición ni por amenazas. No vale la violencia que mata, pero tampoco la que intimida, la que coacciona o la que ningunea. Ninguna violencia es aceptable.

Sí, la violencia contra la mujer existe. Y hoy ser mujer sigue siendo un factor de riesgo para ser más pobre, en relación con los hombres. No quiere decir esto que no haya mujeres ricas, o mujeres que se ganan muy bien la vida, con puestos superiores a los de muchos varones. Pero ya saben que en la estadística no puede quedarse uno con el caso particular, sino que hay que atender al conjunto. Y es precisamente en ese conjunto en el que ser mujer es tener menos oportunidades. Aquí también, por supuesto, pero de forma mucho más exagerada aún en otras partes del mundo. O aún mucho peor en aquellos avisperos donde mantenerse vivo cada día es complicado, pero mantenerse viva cada día es más difícil aún. Lugares que meten miedo, en los que la violación sistemática, la mutilación y el terror son los ingredientes de un cóctel muchas veces letal. Sitios que parecen no existir, pero que no tengan duda de que son parte de la realidad lacerante para muchos seres humanos, donde la mujer suele llevarse la peor parte. La violencia contra la mujer es una de las violaciones de los derechos humanos más generalizadas en el mundo. Se estima que, globalmente, una de cada tres mujeres han sido víctimas de violencia física, sexual o las dos al menos una vez en su vida. Y, tomen nota, hoy una mujer o niña muere en el mundo cada diez minutos a manos de su pareja o de algún otro miembro de la familia.

Sí, la violencia contra la mujer existe, aunque haya quien apele a la dialéctica para intentar decir que no. Aunque se intente minimizar o invisibilizar el problema, y aunque se pronuncien grandilocuentes discursos plagados de soflamas negacionistas y juegos de palabras en este o en otros tantos temas sensibles para esta sociedad de fines del primer cuarto del siglo XXI. La violencia específica contra la mujer es parte del paisaje que hemos construido en esta sociedad desde siempre, y merece un tratamiento diferenciado en aras de afrontarla, paliarla, combatirla y, algún día, quizá poder llegar a erradicarla. Con medidas disuasorias, policiales y judiciales en el corto plazo, pero apostando por la educación en una visión mucho más ambiciosa en un período mucho más largo. Una educación en la que no debe caber ningún tipo de ambigüedad ante esta u otras cuestiones que tienen que ver con el respeto, la tolerancia, la inclusión y la convivencia. Y es que, si no lo hacemos así, la jungla está servida.

Sí, la violencia contra la mujer existe, queridos y queridas. Y por eso sigue teniendo vigencia el 25-N, celebrado tal día como el de ayer. Por eso es importante no cejar en el empeño de lanzar un mensaje de concordia, de cariño, de empatía y de solidaridad con las víctimas y de contundente rechazo a cualquier forma de violencia. Un rechazo que no puede ser objeto de la diatriba política, y cuyo fundamento ha de basarse en un consenso tan amplio como sólido, al formar parte de los propios cimientos éticos y morales de nuestra sociedad.

¿Usted qué futuro quiere? Yo uno en que todos los seres humanos tengamos los mismos derechos y oportunidades, donde no existan ni esta ni otras violencias…

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