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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

Blas Fraile (edición 2025)

Buenos días, queridos y queridas. Una pequeña revisión en internet me ha contado que ya son por lo menos siete las veces en que he dedicado la columna de un día como el de hoy o los inmediatamente próximos, en diferentes años, a hablarles sobre el llamado Black Friday. O, como suelo llamarle en tono jocoso y un poco rebelde, sobre el «Blas Fraile». Una costumbre importada de los Estados Unidos, y que desde determinados intereses se ha luchado por meter con calzador en nuestro imaginario colectivo. Y que, por lo que parece, ha terminado por imponerse, con lo que el objetivo ha sido conseguido… ¡Vaya!

Pero no me llamen ustedes amargado o eterno outsider cuando digo eso. Simplemente, es que no me cuadra tal historia en una sociedad verdaderamente madura. Cuando necesito algo, me lo compro si puedo. Y si verdaderamente no lo necesito, soy bastante inmune a los cantos de sirena que buscan colocar lo que sea al precio que sea… No sé si eso lo consigo porque de vez en cuando, se lo confieso, echo un nuevo vistazo al impresionante fragmento de El año de la garrapata en el que un brillante Luis Zahera imparte una increíble sesión de motivación a un elenco de comerciales que terminan vibrando a la vez que sudando, ávidos por vender a su propia madre… Disponible en internet, por cierto, y que he utilizado como ejemplo en alguna sesión educativa de postgrado sobre consumo responsable, por lo descriptiva que es. Oro líquido de pieza, que para mí tiene el valor añadido de que en él aparecen algunos compañeros en la práctica del teatro y otras personas que conozco...

Sigamos con el Blas Fraile… No sé si saben que fue en Filadelfia cuando, por primera vez, empezó a utilizarse tal término para retratar el caos en las calles comerciales debido al desplazamiento de multitudes ávidas de comprar el día siguiente al de Acción de Gracias. Tomen nota: aconteció en 1961. Y, desde ahí, tal Viernes Negro fue desplazándose y creciendo rápidamente, primero por los diferentes Estados federados y, en un segundo término, en el resto del mundo. Y ya ven cuál es ahora el estado de la cuestión: parece que el consumo se haya tornado en una nueva suerte de culto, muchas veces desde la compulsión. Y todo ello sin que estén nada claras las ventajas de comprar justo en este momento, con observaciones claras sobre la irrealidad de que lo que se muestra como una ganga sea tal, a partir de estudios específicos sobre la evolución de los precios realizados por instituciones e investigadores de reconocido prestigio.

En cualquier caso, resulta hasta cómico que se promocione, fomente y jalee tal culto al consumo cuando, por otro lado, se está planteando justamente lo contrario: la mesura, la contención y un cierto canto a la sostenibilidad desde estamentos que, muy habitualmente, ni se la creen ni la practican. Puedo entender, a la postre, que lo hagan las grandes empresas que, con tal cita, buscan incrementar sus ventas. Pero que haya, como a veces encuentro, instancias oficiales u otro tipo de agentes no comerciales que apuestan por tal cosa, no deja de llamar la atención. Todo ello chirría… ¿No les parece?

Vivimos un frenesí de consumo absolutamente fuera del tiesto… Vale, si lo asumimos. Pero que intentemos compatibilizar esto con discursos antagonistas que a veces van en el mismo sentido y a veces no, no tiene un pase. Nos han explicado mil veces, con luces largas, que la tendencia a de ser a la reducción y, aunque a algunos no les guste ni lo entiendan, a un cierto decrecimiento… Pero luego, sin que se nos salgan los colores, nos inventamos nuevas citas para tirar la casa por la ventana, y seguir trufando de plásticos y baratijas las cunetas, los océanos y los vertederos del mundo en los que malviven aquellos que disfrutan —irónico— de peores condiciones de vida…

No cuenten conmigo para gastar nin un can en el Blas Fraile. Opto por el comercio pequeño y de proximidad, y ese no se apunta a semejante pantomima. No tiene músculo para competir con el grande, pero además basa en la confianza su presencia cualificada. O sea que, cuando por ahí se dice que cada uno gasta más de 200 euros en este día, alguno habrá puesto 400. Yo no…

A ver cuál es el siguiente invento para vender, vender y vender… Pero como este es un verbo recíproco, para que tal acción tenga éxito habrá quien tenga que comprar, comprar y comprar… Si no lo hacemos en días como el de hoy, quizá mantengamos a raya la codicia depredadora de unos cuantos… Para ello, en determinados ámbitos ya se han inventado el Green Friday, o Viernes Verde, que viene a ser algo como lo de no comprar cosa alguna en estos días… Bueno, no deja de ser una forma de protestar...

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