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Opinión

Tom Wolfe en un ‘parking’ de Valencia

El parking de Bonaire ya no es el único garaje de los bulos y la infamia de la dana de Valencia, en la que murieron 229 personas. Otro parking es ahora el escenario de otra historia de mentiras y deshonra, la de Carlos Mazón y la tarde que pasó en compañía de Maribel Vilaplana en lugar de asumir sus responsabilidades al frente del dispositivo de emergencia contra las lluvias torrenciales que causaron la tragedia en Valencia. Poco más de un año después, el castillo de naipes de mentiras construido para justificar la dejación de responsabilidades de Mazón se ha desmoronado y sus ruinas están esparcidas en el suelo del parking en el que transcurrió la casi media hora del último (por ahora) acto de la obra, que empezó con la comida en el restaurante El Ventorro.

Mazón y Vilaplana son hoy dos personajes en busca de un Tom Wolfe que les escriba su Hoguera de las vanidades. En la novela de Wolfe, el máster del Universo de Wall Street Sherman McCoy y su amante atropellan a un chico negro en el Bronx y se echan a la fuga. Empieza así una historia de mentiras y miserias en la que McCoy lo pierde todo (privilegios, riqueza, reputación, familia y amante) en un desmoronamiento que en realidad es el de una forma no ya de entender el mundo, sino de levitar por encima de él, sin responsabilidades ni obligaciones, impune e inmune, motivada por el porque sí, porque puedo, porque quiero y porque nadie me lo impedirá.

De la misma forma, en un año de viacrucis, Mazón ha cambiado de versión tantas veces respecto a dónde estuvo y qué hizo la tarde de la tragedia que no es aventurado pensar que no debe recordar lo primero que dijo. Como le sucede a Sherman McCoy, las falsedades han ido cayendo una a una y su mundo se ha derrumbado con ellas. Los abucheos en el funeral de Estado fueron el momento álgido de su caída, a la espera de la acción de la justicia. Mazón ha perdido el cargo y la reputación y ahora ha entrado en la fase del escarnio. Las redes van llenas de deepfakes que imaginan diferentes escenas de lo que hicieron él y Vilaplana en el parking, convertidos en un chascarrillo y un meme que maldita la gracia que tienen ante el trágico balance de la dana.

Mazón simboliza, en una versión extrema, un mal de nuestros tiempos, el de la frivolidad de líderes políticos para los que acceder a altas oficinas de Gobierno no es un ejercicio de responsabilidad ni de servicio a la ciudadanía. Son políticos que alcanzan el poder motivados por la vanidad, la ambición, la notoriedad. Ejercen las prebendas del cargo sin reparos ni recato, suben con gusto las escaleras de la torre Trump de Nueva York, se embelesan con su imagen en el espejo de Sherman McCoy, saborean las sílabas master del Universo cuando las mascullan mientras se ajustan la corbata y los gemelos. Frívolo es uno de los calificativos más suaves que se pueden dedicar a Mazón, que decidió disfrutar de su tiempo libre en asuntos privados mientras a su alrededor sucedía una tragedia indescriptible. Cualquier político con un mínimo sentido del servicio público y respeto al cargo hubiera entrado en el reservado de El Ventorro con el corazón en un puño, un ojo puesto en el cielo y otro en la información que le proporcionaba su equipo, y hubiera salido pitando mucho antes de que llegaran los cafés, incluso aunque después todo hubiese sido una falsa alarma. Irresponsable es otra forma de referirse a la actitud de Mazón. La justicia dirá si hay que añadir otros calificativos.

El morbo de la historia del político, la periodista, la media hora en el garaje y las mentiras vergonzantes no debería hacer perder de vista a la opinión pública y a quienes participan en la conversación algunos hechos fundamentales: que quien estaba donde no debía era Mazón y no Vilaplana, que mentir en ejercicio del cargo público debería tener siempre consecuencias o que lo que investiga la jueza no es algo tan discutido y discutible como las responsabilidades políticas, sino las penales. Y, sobre todo, que el paisaje en el que se desarrolla esta mascletá de las vanidades no es una conversación de sobremesa en el reservado de un restaurante en la que intercambiar confidencias y maldades, sino un territorio arrasado por una dana en la que murieron 229 personas. Con una actitud frívola e irresponsable es más que suficiente.

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