Opinión
Anatomía de un farsante
Ahora que la judicatura es un circo con muchas pistas, en un momento en que determinados jueces son los mejores novelistas de ficción del país, es difícil no leer esos bestsellers, disfrutar de esos shows y opinar sobre sus mejores protagonistas.
Sigo el arranque del juicio al bíblico clan de los Pujol mientras veo la serie Anatomía de un instante, que acaba también con los líderes del 23-F en un tribunal. Se me barajan ficción, no ficción y realidad y solo saco en claro lo curioso que es ver a un poderoso rindiendo cuentas armado solo con un vaso de agua. En algo coinciden: asisten a su juicio con la perplejidad iracunda de un pijo atrapado en un Rodalies porque ha fallado la catenaria, pero también con la melancolía agresiva de un león en una urna de cristal.
Son gente que ha manejado los mecanismos del sistema, así que cuando este los enjuicia parecen creer genuinamente que es el sistema el que se ha gripado. Entonces, indefensos como insectos panza arriba, les da por ponerse amenazadores, pero también poéticos. Por ejemplo, en Anatomía de un instante, el general Armada llega a citar «la sabiduría popular», aunque en realidad la frase es de Campoamor. Dice: «En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con el que se mira».
Armada lideró un golpe de Estado que luego fingió sofocar, cuando el Rey no le dejó actuar en la función encarnando el papel que quería. Familiarmente conectados desde Alfonso XIII, ahijado de la reina María Cristina, era un marqués a quien encargaron, cuando Juan Carlos I era un retoño, que lo tutelara (hasta que en 1976 fue nombrado secretario de la Casa del Rey). Armada, pues, no se creía un traidor, sino un héroe que había corregido el rumbo porque la situación lo exigía. Hay gente que dice: yo no me repito, yo insisto; y hay quien defiende traiciones e incoherencias como audaces cambios de opinión al servicio de un bien mayor. Los primeros son simplemente unos cristalinos pesados inofensivos; los segundos, unos crípticos cretinos peligrosos.
Pero sigamos con el segundo ejemplo. Las frases cubistas de Pujol son haikus magníficos. Tiempo atrás, había dicho aquello de que «la financiación de los partidos es un misterio, pero un misterio de aquellos que no son un misterio, porque están muy claros, pero siguen siendo un misterio». Décadas después, tiró de Walt Whitman para avisarnos de que si insistían en tocar una rama, todo el árbol caería.
Por supuesto, hay personajes secundarios gloriosos, desde el brutalismo fanático y tragicómico de Tejero, en un caso, hasta la bruja gallega de los Pujol, que afirmó que el patriarca era «más agarrado que un chotis», en el otro. Tienen encanto, pero insisto en que la miga está en la caída de los grandes hombres y en su torpeza para retirarse.
En Anatomía de un instante, esta vez en el libro de Javier Cercas, se plantea una idea jugosa. Allá por 1989, Enzensberger acuña el concepto de «héroe de la retirada». Si el héroe del triunfo y la conquista había sido encarnado por los líderes fascistas del siglo XX, ahora existían figuras, según él, como Gorbachov o Suárez, cuya labor encomiable era desmontar los monumentos políticos de esos dictadores. Su victoria, aunque menos espectacular, era política, pero también moral. El caso es que ni Armada en su día, ni los Pujol ahora ni el rey emérito con su libro de memorias, están genéticamente diseñados para la retirada digna. Son torticeros, taimados, melodramáticos y ridículos, con un cinismo que venden como idealismo.
El título de Anatomía de un instante viene de una frase de Borges, que formula que cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo instante, el instante en que un hombre sabe para siempre quién es. Solemos pensar que estos grandes hombres, y peores cucarachas, se definen en su momento más dulce, pero en realidad se retratan cuando les toca vivir su momento más bajo. Feijóo ya ha intentado hacer la broma en el Congreso, aunque como siempre le ha salido mal. Pero a ese instante del poderoso enjuiciado, sea ahora Pujol (un inteligente que tuvo verdadero poder) o en el futuro Mazón (un tonto a las tres que como mucho tuvo influencia), yo sí lo llamaría: Anatomía de un farsante.
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