Opinión | Crónicas galantes
Y ahora, los cerdos
Los virus son un poco nazis. Primero vinieron a por las vacas que años atrás no paraban de enloquecer; luego la tomaron con las gallinas y, por último —pero no lo último— se están cebando con los cerdos. Aquí hay un propósito nada oculto de exterminio que acaso pueda calificarse de genocida.
Bien es verdad que la demencia de las vacas no fue causada por virus, sino por priones, pero fuera cual fuese su origen aquella epidemia daba más miedo por su capacidad de contagio al ser humano. No es, por fortuna, el caso de la gripe aviar o el de la peste porcina que ahora está afectando a la economía de los exportadores de cerdos de la Península. Aunque también la salud financiera tenga su importancia.
Hasta diecinueve países han vedado la importación del cerdo español y de sus productos derivados, después de que se detectase la peste en algunos jabalíes de Cataluña. Si no se pone coto a la epidemia en puertas, son de temer graves quebrantos para los muchos ganaderos que trabajan la especie. El pobre chancho no se lo merece.
Si mal estuvo lo de las vacas y las gallinas, peor parece aún el ensañamiento con los puercos, que ya desde su mismo nombre cargan con una reputación tan mala como injusta. Al pobre marrano lo tachan de animal impuro dos de las tres grandes religiones del libro. Musulmanes y judíos, generalmente enfrentados, coinciden sin embargo en prohibir el consumo de carne de este animal, que ningún daño hace salvo en la versión silvestre del jabalí.
El cerdo, ya que andamos en asuntos de teología, es el animal totémico de la cocina cristiana de Occidente. No digamos ya la de Galicia, donde sus carnes y entresijos son la base del cocido y del lacón con grelos: los dos grandes platos nacionales del país.
Del entrañable cochino nos gustan hasta sus andares. Es fama bien fundada que todo en él se aprovecha: desde el morro hasta su gracioso rabo en forma de berbiquí. Razón bastante para que, en Lalín, corazón geográfico del Reino de Galicia, se le honre con una multitudinaria Feira do Cocido y hasta se le erijan monumentos en sus calles.
Mal mirado por los ayatolás, los rabinos y los médicos que le reprochan su alto contenido en triglicéridos y colesterol, al desdichado cerdo ya solo le faltaba que le cayese una peste encima.
De momento, los afectados son sus primos carnales, los jabalíes; pero basta la alerta ahora en vigor para que las exportaciones empiecen a resentirse. Delicado asunto para un país que tiene en el jamón uno de sus símbolos gastronómicos de excelencia.
Es lo que nos faltaba tras el confinamiento de las gallinas y la felizmente ya olvidada locura de las vacas, que no tardaron en recuperar el juicio. No faltará quien vea una conjura en el dato de que la peste les llegase a los cerdos a finales de noviembre, mes de San Martín y matanza. Hay fechas que parecen cargadas por el diablo.
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