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Opinión | EDITORIAL

Educación, móviles y menores

Manos de un menor al consultar un móvil

Manos de un menor al consultar un móvil / J. M. García / Efe

En las dos últimas semanas dos noticias coparon las páginas de LA OPINIÓN A CORUÑA con una relación aparentemente tangencial, pero que en el fondo resulta mucho más cercana de lo que parece. Por un lado, las ciberestafas y otro tipo de robos cibernéticos prosiguen su escalada en Galicia, con más de 60 casos diarios que suponen un incremento del 16% durante este año 2025 que encara ya sus últimas tres semanas. Por otro, la concienciación familiar sobre el control del teléfono móvil entre los adolescentes que ha permitido rebajar su uso choca con un aumento del acceso a estos dispositivos conectados a la red entre los menores de 9 años. Uno de cada tres niños gallegos se asoma a sus pantallas en una práctica que madres y padres emplean como método para que se puedan distraer los pequeños y ellos gocen de unos momentos de descanso del ritmo asfixiante de trabajo y cuidados.

De acuerdo con el estudio «Rapaciñ@s», elaborado por el Observatorio da Sociedade da Información e a Modernización de Galicia (Osimga) dependiente de la Xunta, el porcentaje de niños gallegos de entre 5 y 9 años que usa teléfonos inteligentes pasó de un 26,3% en 2023 a un 32,1% en 2024.

El profesor de la Universidade de Santiago Antonio Rial Boubeta, uno de lo que más estudios realiza sobre el comportamiento de adolescentes y su uso de nuevas tecnologías, deslizó esta semana una frase con la contundencia de una carga de profundidad. «Las pantallas son el chupete emocional y la niñera», espeta sobre estos datos y lanza una alerta: «Si es necesario y eficaz retrasar el acceso al primer móvil propio, de nada sirve si lo sustituimos por nuestro móvil o por una tablet o una consola».

Ambas cuestiones están relacionadas porque muestran lo que toda la sociedad nota en su día a día: el ámbito digital tiene casi tanta importancia como el presencial en el día a día. Por ello, urge una reflexión social sobre la necesidad de lanzar mayores campañas de prevención sobre el fraude a través de internet, un espacio en el que los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado se encuentran atados de pies y manos, pues el uso de bots y otras técnicas ahora depuradas con la inteligencia artificial hace imposible que puedan bloquear los millones de intentos de robos que se pueden producir cada día.

Ese cuidado que debemos tener a la hora de proteger nuestros datos personales y económicos tendría que trasladarse también a una nueva cultura sobre el acceso a internet por parte de los menores. No se trata tanto de fijar una edad a la que estos puedan disponer de un teléfono móvil, como de incentivar una educación en valores que permita rechazar el bullying digital, promover la precaución a la hora de recibir intentos de contacto por parte de desconocidos o informar sobre el riesgo de publicar fotos u otros contenidos que hagan vulnerable su intimidad.

Del mismo modo que en los colegios comienzan a resultar habituales las charlas sobre el acoso y sus peligros, las administraciones deberían reflexionar también si es necesario incluir formación sobre cómo manejarse en internet y las redes sociales, pues esa realidad forma parte ya de nuestro día a día. Si ya se enseña a los niños a conocer y respetar las señales de tráfico, no estaría de más añadir también cómo circular por unas redes donde existe el mayor conocimiento de la historia disponible a golpe de clic, pero también grandes riesgos, como demuestran las estafas que sufren los adultos a diario.

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