Opinión
Antes muerta que primate (o no)
Uno de los motivos por los que llevo media vida yendo a terapia, levantándome a horas intempestivas para hacer deporte o leyendo artículos sobre bienestar, control del cortisol o cómo modular el pensamiento es para mejorar mi gestión y convivencia con las emociones. Si pudiera, viviría en la alegría constante. La manejo bien, la reconozco y la valoro. Sé muy bien cuándo un cúmulo de momentos valen la pena y no se me pasan por alto las buenas situaciones. Soy muy consciente y sé saborearlas y exprimirlas a tope.
No huyo de la tristeza. Algunas veces, aparece con cuentagotas y otras es como si todas las cataratas del Niágara de la melancolía cayeran sobre mí. Puede provocarla un pensamiento, una añoranza, una proyección de un futuro sin una persona, una foto o el fin de una etapa. Sea lo que sea, es una emoción con la que, poco a poco, aprendo a convivir.
El miedo es otra cosa. Lo visualizo como un caballo desbocado que no atiende a razones o como una serpiente que se enrosca en la boca del estómago y me deja sin aire. Cuando despierta, me cuesta domarlo. Algunos hemos pasado temporadas largas, demasiado largas, conviviendo con el miedo y, lo que es peor, con el miedo a tener miedo. Un asco. Otra emoción que prefiero no sentir, pero que me ha ayudado a alejarme de un bote de nata caducada y de algún que otro hombre. La sorpresa todavía no la tengo bien ubicada. Tiendo a confundirla con la alegría o la tristeza, en función del momento en el que surge. En cualquier caso, no me quita el sueño.
La ira me lleva trabajo. Y no es que no la sienta. Me lleva trabajo porque llevo 52 años creyendo que sentirla es de mala persona y de primate y, hasta hoy, antes muerta que primate. Últimamente, empiezo los días sintiéndome Michael Douglas, en Un día de furia, y los finalizo siendo la encarnación de Hulk durante un estallido. Y es que cosas que antes toreaba con gracejo, ahora son una amenaza nuclear. Será la edad.
No aguanto escuchar audios ajenos en, por ejemplo, un restaurante. No quiero ser testigo de conversaciones mantenidas en altavoz, músicas de un reel o sonidos de videojuegos. Creo que enviar un podcast en vez de cuatro frases bien escritas por WhatsApp es de pesado. Me enervan los conductores poco solidarios y los que rozan con su morro el guardabarros del coche delantero con tal de no dejarte pasar son lo peor. A todos ellos les hago peinetas (eso sí, por debajo del salpicadero porque soy un poco cobarde). Voy a ser inmisericorde con cualquier empresa que me llame para venderme una milonga tecnológica. ¡Abajo el spam! Dar un bufido cuando pierdes el autobús dos veces seguidas y blasfemar cuando las puertas del ascensor se cierran en tu cara son conductas liberadoras. Me encienden la sangre los que se quejan siempre y jamás aportan y, ¡oh, sí!, no querría olvidarme de los tacaños. Esos que siempre hablan de dinero y que, a pesar de no tener problemas económicos, no perdonan el eurito.
Inspiro en seis y espiro en doce y decido que, a partir de ya, abrazo y comunico mi rabia como abrazo y comunico mi alegría. ¡Y que vivan los primates!
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