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Opinión

Miqui otero

Nosotros en casa, Robe en la hoguera

Extremoduro, un grupo de rock urbano cuya primera canción es una especie de jota rural, era el lenguaje común porque hablaba en adolescente. El idioma del impulso y la perplejidad

¿Dónde están mis amigos? ¿Y los tuyos? Si, aún con acné y bozo, compartisteis la primera calada de un primer pitillo mentolado o rajasteis una botella de agua para mezclar licor y Fanta como científicos temerarios, es posible que ahora te estén escribiendo un mensaje: ha muerto Robe Iniesta, de Extremoduro.

«Hoy me habéis venido todos a la cabeza de golpe y todo huele a birra, cánticos y vida», ha enviado una amiga del instituto. Y efervescen grupos de WhatsApp de los compañeros de clase en la ciudad y de los amigos de mes y medio en el pueblo. Todo por una banda infalible dentro del walkman en el bus de la excursión y en la verbena entre dos bachatas: «Tú en tu casa, nosotros en la hoguera».

Extremoduro, un grupo de rock urbano cuya primera canción es una especie de jota rural, era el lenguaje común porque hablaba en adolescente. El idioma del impulso y la perplejidad. El que se usa en esos años de pubertad (la vejez de la infancia y la niñez de la edad adulta) donde te peleas con lo que ofrece el mundo y piensas: «O no lo entiendo, o lo entiendo demasiado».

Fueron la palabra antes de ponerte a escuchar grupos en inglés que no entendías y la poesía antes de abrir un libro de poemas. Una poesía transversal, celebratoria del desenfoque y democratizadora de la belleza, que decía entodavía. ¿Entodavía, te acuerdas? Tenías quince años y te gustaba la del apellido largo o la nieta de aquel otro y cantabas: «Que yo me acuerdo entodavía cuando te besaba, la cago y vuelvo a tiritar». Seamos francos: ni decías entodavía ni besabas aún a nadie, pero sí la cagabas y sí tiritabas. Tampoco, de hecho, conocías ni remotamente a alguien que hubiera pasado por la cárcel y, sin embargo, qué euforia cuando en otra canción Iniesta desplegaba un mapa penitenciario ibérico: «Carabanchel, la Modelo, Herrera de la Mancha». Si en la aldea hasta te señalaban, y te sentías orgulloso, cuando decía la Modelo, la de Barcelona.

Así que hoy hay millones de adolescentes de todas las épocas asaltados por frases que encontraron sin buscarlas, porque eso es lo que sucede cuando el talento se impone y se cuela en las fiestas a las que no le invitan y es, como los mejillones (buenos pero baratos), una fisura en el sistema. Y durante el día dirán: «Salgo a pasear, dentro de mí». Y cantarán y teclearán en el móvil y cargarán las cerbatanas de la memoria con dardos como: «Va a subir la marea (y se va a llevar todo)», «Cambiaré de color, voy a pintar de verde la luna y el sol», «Y al final quién soy yo, a ver si me lo aprendo y me sale mejor», «No vino el Rey, tampoco me importó». Recuerdos que bajarán las escaleras («y de dos en dos») y que traerán de vuelta a payasos (peor aún: a so payasos). Y sí te acordarás, entodavía. «Y tú que estás en casa metido en tu nevera» cantarás: «Tú en tu casa, nosotros en la hoguera».

Y como ha pasado el tiempo lo adornarás con alguna cosa aprendida, como la primera canción con música conservada de la Historia, una del siglo I, esa que un tal Sícilo le dedicó como epitafio a su mujer muerta: «Mientras vivas, brilla, no temas nada en absoluto, la vida dura poco y el tiempo exige su tributo». Y pensarás que se parece a Extremoduro. Como se parecen a ellos las adivinanzas infantiles: «No tengo piernas y huyo: allí donde aparezco todo lo destruyo». El fuego. Y así hablarás hoy con tu pasado. «El tiempo es el fuego en el que ardemos», escribió Delmore Schwartz, le dirás a tu yo adolescente. Y él te contestará con un verso de Robe Iniesta: «Tú en tu casa, nosotros en la hoguera».

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