Opinión
Luis P. Ferreiro
Adiós a Robe Iniesta y Jorge Martínez: el día que murió la música también en A Coruña
El rock español perdió en esta semana a dos de sus figuras más importantes: Jorge Martínez y Robe Iniesta. Dos iconos enormes que se zambulleron, cada uno a su manera, en los márgenes de la sociedad y emergieron con un puñado de canciones que significaron mucho para mucha gente

Robe Iniesta y Jorge Martínez. / Europa Press
Seguro que todos ustedes recuerdan la canción American Pie, de Don McLean. En ella, el compositor estadounidense se refiere al accidente aéreo de 1959 en el que fallecieron Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper como El día en que murió la música. Pues esta semana, el rock español interpretó su propia versión de esta desgracia cuando, en un lapso de pocas horas, perdió a dos de sus figuras más importantes: Jorge Martínez y Robe Iniesta.
Dos iconos enormes, con pocos elementos en común aparentes. Pero en estos tiempos de posmodernismo desbocado, a poco que se hile fino puedes relacionar sin mayor problema huevos y castañas, así que con su permiso lo vamos a intentar. Los paralelismos más obvios que se podría establecer entre ambos músicos serían su gusto por la provocación más pedestre, su preocupación por dotar a sus canciones de una calidad lírica poco habitual en el pop rock patrio y que sus mejores composiciones retrataban a individuos marginados, luchando contra una sociedad que los rechazaba (piensen, por ejemplo, en Delincuente habitual, de Ilegales y Pepe Botika, de Extremoduro).
Pero por lo demás, pocas semejanzas. Jorge Martínez, asturiano de familia noble (arruinada, como le gustaba recordar), abandonó la facultad de Derecho para dedicarse a la música, con un importante bagaje cultural ya en su cabeza. Iniesta, por el contrario, era hijo de un chapista, ni acabó el bachillerato y se vio obligado a trabajar desde la adolescencia en su Plasencia natal. Eran de clases y generaciones diferentes, y mientras Ilegales alcanzaron sus cotas de mayor popularidad a mediados de los 80 con su inmaculada trilogía inicial, la explosión de Extremoduro fue a partir de su disco Agila, de 1996.
Y digo explosión por algo. Lo de Extremoduro —Extremo, para los que lo vivimos— fue una auténtica locura. Lograron un éxito de tal nivel que ni Ilegales ni ninguna otra banda de rock consiguió siquiera soñar. En esos años a todo el mundo nos gustaba Extremo. No es que nos gustase, es que nos apasionaba. A todos. Desde fans del rock español a lo Rosendo a adolescentes de colegio concertado. De chavales de barrio que crecieron con Los Chichos a pijillos que oían rock alternativo, totalmente ajenos al universo lírico del extremeño. Robe cantaba que la gente normal se podía morir, pero la gente normal lo adoraba. Menos cuatro que se iban de especialitos y escuchaban a Los Planetas para hacerse los sofisticados, les puedo asegurar que todo millenial era fan de Extremo en esos años.
En sus discos posteriores, Iniesta dulcificó su propuesta y sus seguidores se multiplicaron. Pasó de tocar en pabellones a reventar estadios. Nunca perdió fans, los fue sumando con el paso de las décadas hasta convertirse en uno de los pocos artistas totalmente transversales de España. Es muy significativo que en el Telediario de RTVE, cadena que vetó a Robe en los 90 tras interpretar en uno de sus programas la sacrílega Jesucristo García, lo despidiese con declaraciones de Vanessa Martín, Pablo López y Andrés Suárez. Incluso Alberto Núñez Feijoo twiteó alabanzas al autor de ¿Dónde están mis amigos? Ya saben. Los que no están presos, los están buscando…
Por supuesto, ni Ilegales ni nadie en el rock español lograron igualar la popularidad de Iniesta. Jorge y su banda, pese a conservar una buena base de adeptos y experimentar un renacer de relevancia en la última década, quedó un poco como una rara avis, una anomalía dentro del panorama nacional. Pero es que Extremo y Robe también lo fueron. Tan raro era el tipo calvo de metro noventa bramando complejas poesías sobre la muerte, el amor y atracos a bancos entre un magma de decibelios, como el enjuto y cetrino melenudo que recitaba con voz cazallosa canciones sobre… Bueno, sobre la muerte, el amor y atracos a bancos.
Raros eran un rato ambos, las cosas como son. Robe siempre tuvo una relación compleja con la prensa, dejando a menudo declaraciones tan crípticas que hacían imposible una interpretación lógica. Y qué les voy a contar de Jorge. El asturiano era un torrente de energía y verbo inagotable, tan excesivo, explosivo y expansivo como sugieren sus canciones. Su extrema sociabilidad hizo que las anécdotas de sus correrías nocturnas se cuenten por centenares y que, como me comentó un famoso crítico musical amigo, todo el mundo parezca tener una foto con Jorge Martínez. Él no la tiene. El que esto escribe, por supuesto, sí.
Sus visitas a A Coruña
Como es lógico, A Coruña no quedó al margen del triunfo de estos dos individuos. Posiblemente la primera visita de Ilegales fue en el añorado Seijal a mediados de los 80, en un recital que los asistentes recuerdan tan amenazante como cabría esperar. Más adelante, sus giras pasaron por el Palacio de los Deportes y otros auditorios, hasta su masivo show en María Pita en 2022, en el que propios y extraños se rindieron al telúrico poder de la banda astur. Extremoduro también actuaron numerosas veces en A Coruña, siendo la más mítica un festival en el Coliseum en 1995, junto a A Palo Seko, Beer Mosh, Xudef Klas, Soziedad Alkoholika y Ratos de Porao. Las pacatas crónicas de la época hablan de un público rockerísimo y malísimo que bebió mucho, fumó mucho y tuvo actitudes muy poco decentes. Pero, como ya hemos comentado, con el paso de los años, las audiencias de Robe aumentaron y se refinaron, y todos pudimos disfrutar en tours posteriores de varios conciertazos suyos en el multiusos de Alfonso Molina y otros recintos.
Pues eso sería todo. Como ya saben, todo artículo necesita una conclusión, y el de este podría ser una reflexión sobre como dos compositores se zambulleron, cada uno a su manera, en los márgenes de la sociedad y emergieron de esas profundidades con un puñado de canciones que significaron mucho para mucha gente. En una entrevista reciente, el propio Jorge aseguraba que era mucho más importante la obra que el creador. Aunque, sin ánimo de llevarle la contraria, cuando los creadores son obras de arte en si mismos, como era el caso de Martínez y de Robe, artista y creación se igualan y se pasa directamente al Olimpo de los Gillespie, Zappa, Mercury y Camarón.
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