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Opinión

Como creo que tú sabes lo que pienso ya no te digo lo que creo que sabes que yo pienso

Contaba Paul Webster que era consciente de que al trabajar con Harvey Weinstein hacía un pacto con el diablo. El productor de películas como Promesas del este afirmaba que no hacía falta ser muy inteligente para suponer que, si Weinstein se comportaba como un abusón y con falta de fineza en todos los ámbitos de su vida, era lógico y evidente que ese abuso trascendía al ámbito sexual. El New York Times fue el primero en publicar informaciones relacionadas con la conducta asquerosa del magnate del cine y, más tarde, el New Yorker se unió a la causa y compartió testimonios de víctimas aterradas y cargadas de sentimientos de culpa y vergüenza. Todas, desde las más conocidas, como Ashley Judd, a las menos, coincidieron en que el sector estaba al tanto de lo que sucedía. Lo sabían, lo daban por hecho y callaban. Cuando los amigos de Mario se enteraron de que estaba ingresado por haber ingerido una cantidad de somníferos significativa, dijeron que se veía venir. Sabían que llevaba tiempo estando mal, que se sentía solo, que su familia le había dado la espalda, que era incapaz de salir del armario porque nadie en su casa podría superar esa desgracia, que había dejado de asistir al trabajo. Todos estaban enterados, pero nadie tomó el toro por los cuernos y le dijo «oye, estoy contigo.

No estás solo». Como tampoco tomó el toro por los cuernos el profesor que intuía que a la chica de la tercera fila a la derecha la estaban acosando. Un golpe en el hombro, un ligero empujón, alguna lagrimilla. Nada realmente evidente y, en el fondo, el profesor sentía una pereza tan mayúscula ante la idea de abrir un melón tan desagradable como es enfrentarse a un caso de bullying, que hizo la vista gorda. Como la hicieron también los demás alumnos de la clase. Más tarde se supo que todos, menos un chico con una ligera discapacidad intelectual, eran conocedores de los mensajes insultantes, del acoso en redes, de las notas llamándola «guarra y zorra» y de su sufrimiento. Todos estaban al corriente, pero el uno por el otro y la casa sin barrer. La realidad es que la chica abandonó el instituto, que hoy sigue en tratamiento psiquiátrico y que absolutamente nadie alzó su voz para defenderla. Hay silencios feos y cobardes, cómplices de la maldad. Son los que acaban convirtiéndose en losas.

También hay silencios bonitos

Creemos que nuestra madre sabe que la consideramos la mejor del mundo. Damos por sentado que nuestros hijos sienten que les adoramos de forma incondicional y de que nuestros hermanos tienen constancia de que nos sentimos orgullosísimos de ellos. Intuimos que nuestras amigas, esas con las que siempre estamos como en casa y con quienes somos felices, saben que estar a su lado nos hace sentir protegidas y no le decimos a nuestro amigo de la adolescencia que haberle conocido, cuando teníais quince años, es de lo mejor y más bonito que te ha sucedido en la vida. Creemos que decir evidencias es innecesario. Son esos silencios bonitos, que yo defiendo que deben romperse para no dar nada por sentado. Más os vale, amigos, no coincidir conmigo los próximos días porque me abrazaré a vosotros cual lapa a una roca.

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