Opinión | El correo americano
Vendedores
Nick Fuentes, el famoso influencer de extrema derecha, fue entrevistado por Piers Morgan. El periodista británico ya llevaba un tiempo flirteando con la idea de conocer a este joven tan importante en las juventudes conservadoras. Y Fuentes no falló. Dijo algunas de esas cosas escandalosas gracias a las cuales se ha hecho un nombre. Que las mujeres no deberían tener derecho al voto. Que el Holocausto está sobrevalorado. Que los blancos deberían evitar a los negros. Que Hitler es cool.
De la entrevista se sacaron una variedad de conclusiones. Unos creen que Morgan hizo un trabajo excelente «exponiendo» a su maléfico invitado. Otros piensan que, hiciera lo que hiciera su entrevistador, Fuentes acabaría ganando, pues, solo con acudir al programa del célebre periodista británico, incrementaría todavía más su notoriedad. Hubo quienes también vieron en este encuentro un choque generacional. Ahí estaba un boomer privilegiado y un representante resentido de la Generación Z. Los jóvenes ya no se conmueven con esos melancólicos episodios del siglo XX. Para ellos, los totalitarismos no son sino tendencias estéticas deformadas, vaciadas de significado político y carga emocional. El boomer se escandaliza cuando se mofan de Auschwitz; el zoomer proclama que ahora la víctima es él.
Este es el relato que explica el ascenso de la extrema derecha, asumido en buena medida por sus desorientados adversarios: hemos dejado de lado a la juventud y a la clase trabajadora, hundidas ambas en la miseria y la precariedad, y por eso vienen los bárbaros, por eso triunfan tanto y por eso tienen razón.
No hay duda de que lo primero contiene mucha verdad. Pero lo último no es más que un argumento perverso originado en la rabia y, sobre todo, en la pereza intelectual. Que la izquierda haya hecho mal su trabajo no justifica el extremismo ideológico, el caos mental y la ignorancia estructural de la mediocre alternativa. Fuentes puede presentarse como un síntoma, pero él es conocido por ofrecer un remedio. Al hablar de estos fenómenos como consecuencias inevitables se les otorga un prestigio que no merecen.
Decir que Hitler es cool no es valiente, como tampoco lo es posicionarse en contra del sufragio universal. Si uno se lo toma en serio, estamos ante un planteamiento típicamente reaccionario y, en lo referente al nazismo y sus jerarcas, simplemente criminal. Si uno se lo toma a broma, se trata de una actitud infantil con la cual se pretende trivializar asuntos muy serios. Un relativismo selectivo que nos anima a reírnos de la Solución Final pero que nos impone el silencio cuando abordamos el dogma cristiano. Se denuncia el victimismo de unas minorías dominantes… para victimizar a una mayoría supuestamente perdedora a la cual le han arrebatado su identidad.
La entrevista, en sí misma, no tiene demasiado interés, más allá de observar cómo un tipo así ha logrado semejante relevancia en la derecha estadounidense. Morgan lo llama misógino y racista. Le pregunta si es gay y si ha mantenido alguna vez relaciones sexuales. Fuentes parece confirmar orgullosamente los dos primeros calificativos. Niega todo lo demás. Este chico es admirado por decir lo que otros no dicen, pero piensan. Como si eso, por sí solo, fuera una virtud. Interpretar su aparición como un castigo por los pecados cometidos es un error. Ese mismo sistema que impide la prosperidad de sus compañeros de generación facilita, sin embargo, el estrellato mediático de su líder. Quizás en esa contradicción está la respuesta. Vales lo mucho que vendes. No importa el qué.
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