Opinión | Nada es lo que parece
Sánchez, a la deriva
Iván Redondo llevó a Pedro Sánchez a la Moncloa montado sobre una cuadriga. El primer caballo era el de la lucha contra la corrupción tras la condena del PP como «partícipe a título lucrativo» en la ramificación Bárcenas de la trama Gürtel. El segundo caballo era el de la crisis territorial que llevó a los nacionalistas catalanes y vascos a derrocar a Mariano Rajoy. El tercero eran las consecuencias de los recortes sociales y del impacto de la crisis de la deuda en la clase media. Y el cuarto, fue su decidido compromiso con la plena igualdad de las mujeres y en la lucha contra la violencia machista.
El caballo nacionalista ha tenido altos y bajos, pero el distanciamiento de Junts le ha restado capacidad tractora. Y la pasada semana, dos de los cuatro equinos han dado síntomas de fatiga definitiva. La teoría de las tres manzanas podridas ya no se sostiene porque las tres conformaban una unidad de acción que extendía sus prácticas por al menos cuatro ministerios, varias comunidades autónomas y las principales empresas públicas del país. O era una trama del PSOE o era una trama que se apoderó del PSOE sin que su secretario general lo impidiera, da igual si lo consintió, lo ignoró o lo promovió. El tema afecta a los dos últimos secretarios de organización y salpica por activa o por pasiva al secretario general y a la vicesecretaria.
El tercer caballo que ha caído, también la pasada semana, es el del compromiso con las mujeres. Otra trama, en algunos casos superpuesta, se dedicaba a encubrir todo tipo de acosos y/o abusos sexuales mientras el grupo parlamentario legislaba a diestra y siniestra para que empresas y administraciones fueran implacables contra ese tipo de prácticas. Lo que en la calle se multaba, en Ferraz se ocultaba. Como hicieron los pederastas en la Iglesia católica, los acosadores tejieron una alianza de sangre que les permitió encubrir sus fechorías y ganar fidelidades con las que conseguían controlar el partido a beneficio de su líder. Queda la política económica, un caballo demasiado escuálido para arrastrar el peso de un gobierno y un presidente del Gobierno sin mayoría parlamentaria, ni social.
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