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Opinión | Shikamoo, construir en positivo

Patada p’arriba…

Son malos tiempos para la educación, queridos y queridas. Y eso, paradójicamente, a pesar de que hoy tengamos a disposición de nuestra sociedad instrumentos y herramientas jamás soñados. Pero, desde mi punto de vista, lo que falla hoy es otra cosa. Creo que lo que no está presente es la ilusión por el conocimiento, en general, en una sociedad que parece que hace tiempo que ya ha querido amortizarlo. Me refiero al conocimiento como tal, a la ilusión ilustrada detrás de la obra de Verne o de los descubrimientos de Lavoisier, y no tanto a la técnica aplicada para lograr un trabajo o una determinada posición en la sociedad. Tengo claro que cada uno o una de ustedes encontrará algunos contraejemplos a lo que les digo, pero ya saben que en una visión estadística lo que prima es el conjunto… Y reitero que, desde mi punto de vista, el amor por la sabiduría ha dejado de relumbrar en el candelero del imaginario colectivo.

Escribo estas líneas ayer, en un día en el que parte de la comunidad educativa de Galicia se manifiesta en la calle, reivindicando algunos cambios profundos con los que concuerdo. De nada sirve hablar de una real y efectiva atención a la diversidad, cuando muchas veces no hay los medios adecuados. Es imposible muchas veces tratar de hacer un trabajo de calidad en un aula que es hoy un “circo de cinco pistas a la vez”, donde el docente tiene que acoplarse a muy variados ritmos, capacidades, intereses y planteamientos vitales, todo ello trufado de comportamientos disruptivos y mil requerimientos de toda índole… Sí, hacen falta para eso muchos más recursos. Menos programas de relumbrón y de efecto mediático a corto plazo, y más picar piedra cada día en la trinchera, de forma un tanto anónima y silenciosa...

Pero los más importantes retos, creo, trascienden el nivel de decisión autonómico. Hemos dicho aquí muchas veces que hace falta un amplio consenso en torno a qué educación queremos y por qué. Y, sobre todo, para definir qué es lo que no queremos. Y creo que en las sucesivas leyes que sobre educación se han ido concatenando en nuestro país falta mucho de este debate. El currículo se ha ido podando hasta la extenuación, y hoy los chicos y chicas que ingresan en las universidades ya tienen carencias muy serias, antes nunca vistas. Me contaban tres profesores de Matemáticas de otras tantas facultades muy diferentes que, en una significativa parte de su alumnado, detectan lagunas enormes en cuanto a algo tan básico como son los rudimentos, en una variable, del cálculo diferencial… Y, así, es imposible progresar, cuando no están sabidos los ingredientes básicos, necesarios e imprescindibles para empezar a andar…

La “patada p’arriba”, que parece sacada de una escena del genial José Mota, es hoy un instrumento real de paso de curso y de etapa. Hay niños, niñas y jóvenes que no adquieren las competencias deseadas, ni siquiera en su nivel mínimo y hasta muy lejos de él, pero que progresan por “imperativo legal”, por haber repetido ya varias veces o porque la norma así lo prevé aunque no se comprenda. La pretendida integración creo que al final se transforma en un instrumento de desintegración, porque la ya mencionada falta de recursos junto con la diferente casuística del alumnado derivada de tales políticas provoca un marasmo de situaciones a veces incompatibles con la más mínima defensa del currículo vigente. Y, como resultado, se produce una devaluación real de las titulaciones y un golpe bajo la línea de flotación a todo lo que signifique calidad. Hubo un día en que un Bachiller implicaba la posesión de determinadas habilidades y competencias: hoy la ESO no y el Bachillerato, vista la evolución de las cosas, está ya herido de muerte en tal sentido. Creo que se confunden las cosas: una es dar todas las posibilidades a aquellas personas cuyas características o necesidades personales así lo ameriten. Y otra, muy distinta, es el todo vale con el fin de titular...

Y es que, para mí, la vigente “cultura del envoltorio” termina de complicarlo todo. Hoy los padres y las madres aspiran, en general, a que sus hijos e hijas adquieran titulaciones, que celebran con sofisticadas ceremonias propias de otras culturas y antes inéditas en nuestro contexto. Pero… ¿a qué precio? ¿les importa que aprendan? ¿Apuestan por la calidad de tal aprendizaje, fruto de un trabajo real, un esfuerzo sostenido y una voluntad firme por parte de los y las estudiantes? Mi experiencia es que, cada vez, menos. Y, repito, habrá excepciones de todo tipo en lo que digo, pero si me atengo a la línea general de pensamiento en estos tiempos líquidos y posmodernos -Bauman dixit- del siglo XXI, creo honestamente que no…

Creo que, en resumen, no son buenos tiempos para la lírica… Simplemente, porque la misma está fuera de la agenda colectiva...

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