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Opinión | Crónicas galantes

Gallegos inesperadamente ateos

«Yo soy ateo, gracias a Dios», dijo en cierta ocasión el líder comunista Santiago Carrillo, en frase tomada de Luis Buñuel. Nadie reputará de comunistas a los gallegos por sus preferencias electorales; pero el porcentaje de los que dicen militar en el ateísmo es el segundo más alto de España. O eso se deduce, al menos, de la encuesta recién difundida por el Barómetro sobre Religión y Creencias (BREC).

Un 19 por ciento de los gallegos se declara abiertamente ateo en la pesquisa, porcentaje solo superado en el País Vasco, donde dice serlo un 20% de la muestra.

Las cifras son aún más llamativas si a los ateos les sumamos los agnósticos y los indiferentes. En este caso, la cuota de descreencia ascendería a un 50% de los vecinos de Galicia. Un porcentaje solo superado, también en este caso, por el 53% del País Vasco; el 52% de Asturias y el 51% de Cataluña.

Coinciden además los datos de la encuesta con los de las aportaciones que la vecindad de cada reino autónomo hace a la Iglesia en el IRPF. También en este caso los gallegos son los terceros que menos marcan la casilla religiosa —solo uno de cada cuatro—, inmediatamente detrás de los vascos y de los catalanes. Quizá por ceder a su falso estereotipo de agarrados, estos últimos encabezan claramente el ranking con apenas un 15,04 por ciento del total de declaraciones con cruz.

Extrañará todo esto porque la gente del norte tiende a ser reputada de conservadora, con alguna excepción; lo que en principio implicaría un mayor grado de religiosidad. Pero ya se ve que no. De hecho, las tres comunidades habitualmente consideradas como nacionalidades históricas son las que menor apego relativo parecen tener a la religión. Solo si las compara con otros reinos autónomos, naturalmente; puesto que en todos los de España, sin distinción, es mayoritaria la opción católica.

No hay particular explicación en el caso de Galicia. Muchos vecinos de este antiguo reino sostienen que Dios es bueno, pero no por ello el diablo ha de ser malo. Hay que hacer amigos hasta en el infierno. De esa neutralidad podría derivarse el inesperadamente alto número de vecinos que se declaran ateos y descreídos en general.

Este es a fin de cuentas un país de muchas magias y prodigios en el que se profesa afecto a las meigas, que aquí vienen a ser brujas buenas y a lo sumo algo traviesas. Abundaron en tiempos las que hacían imparcial competencia a los médicos y a la Iglesia. Lo mismo sanaban enfermedades mediante pócimas de hierbas que protegían del mal de ojo y el aire de difunto a los cristianos.

Sean esas o cualesquiera otras las causas que se aventuren, las encuestas y el IRPF han venido a dar fe de que en Galicia hay más descreídos de lo que se podría esperar, salvo por el inveterado escepticismo de sus vecinos. Queda sin aclarar, eso sí, la extraña similitud en este punto con vascos y catalanes.

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