Opinión | Shikamoo, construir en positivo
El alumno aventajado, la sostenibilidad y el drama automovilístico europeo
Buenos días, queridos y queridas. Les saludo en este nuevo día de diciembre, a las puertas ya de la Navidad. Les deseo que, independientemente de cuál sea su grado de implicación con estas fiestas y su nivel de gusto por las mismas, tengan ustedes unos días bonitos. Y también que el invierno que está a punto de comenzar, mañana mismo, les colme de satisfacciones. Ojalá.
Los que nos hemos quedado un poco insatisfechos somos los miles de ciudadanos y ciudadanas que habíamos hecho nuestra parte de los deberes y que vemos que ahora, por la presión de la industria automovilística, la Unión Europea aplica aquello tan castizo de «donde dije digo, digo Diego», y recule en su empeño de retirar los motores de combustión interna de nuestras carreteras. Habíamos realizado la tarea, digo, haciendo el esfuerzo económico nada desdeñable de pasarnos al híbrido o al eléctrico, incluso muchas veces sin haber recibido la subvención prometida por agotamiento de las partidas presupuestarias destinadas a ello. Creíamos —y seguimos creyendo— en ello, claro, y en muchos casos éramos muy militantes en tal causa, pero también éramos conscientes de que, si persistíamos en el uso de los eternos, fiables, poderosos y solventes motores diésel, nuestra movilidad se iba a ver comprometida. Pero ya ven… las cosas cambian, y tanto. Y aquella fecha del año 2035 como fin de los motores de combustión interna se ha ido al limbo de los sueños…
Hay poderosas razones económicas en ello, no lo duden, pero sobre todo el «crack» sin paliativos de la hasta ahora poderosa automovilista alemana. Sí, esa que un día miró por encima del hombro a su alumno aventajado llamado China, que poquito a poquito, sin alardes y de forma silenciosa no solamente entendió la tecnología y la potencialidad del eléctrico, sino que fagocitó a sus maestros, y se puso después a la cabeza de todo lo que suene a eléctrico y futuro. Una China que no solamente experimentó tal transformación en tal mercado y categoría de productos, sino que planteó tal mutación prácticamente en todos los ámbitos de la economía.
La industria automovilística alemana de hoy lo tiene complicado. Es muy cara, se ha quedado obsoleta con respecto a su gigante competidor oriental y, consecuentemente, ha perdido parte de sus mercados más tradicionales. No es algo que no se pueda revertir jamás, pero lo que es seguro es que le va a costar volver a ponerse en posiciones como las que disfrutaba en las décadas pasadas. Y eso ya se ve a poco que uno mire al mercado: hoy en el pastel eléctrico el coche europeo va claramente por detrás en todo.
Hacer la traslación de tal situación a la lógica del mercado es natural. Los europeos venderían menos o no venderían nada, y ya está. El mercado de alguna forma regularía, como dijo el clásico, empobreciéndose más unos y enriqueciéndose otros... Pero claro, trasponer dicha hecatombe a la lógica medioambiental más atrevida y comprometida de la parte del mundo que precisamente ha abanderado la revolución verde y había tenido la mejor bandera de tal tipo hasta ahora, no deja de ser difícil de digerir. En otras palabras, pretender ahora que lo que era la bestia negra de la contaminación de los motores de combustión interna vaya a ser mucho más dulce solamente porque le interesa al motor de la economía alemana, cuesta integrarlo en un discurso medianamente coherente…
En fin… Ya me dirán qué les parece esta reflexión, que les dejo hoy aquí para su particular análisis. Cuídense mucho, sean muy felices y no les felicito expresamente la Navidad porque, si las cuentas no me fallan, aún nos vemos el día de Nochebuena en esta columna. Pero, aún así, tengan ustedes días bonitos, felices y apasionados o tranquilos en estas jornadas, según prefieran, y no dejen de pensar en colectivo, porque la vida es mucho más que la gestión de lo de uno y sus circunstancias… Eso sí, insisto, sean ustedes muy felices en el invierno que ahora comienza. Ya verán… enseguida será primavera...
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