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Opinión

Un cruce providencial

No llevaba prisa, pero la costumbre, pues siempre lo hace en ese semáforo, muy cerca de casa, hizo que empezara a cruzar la calle antes de que el color ámbar pasara a verde para los transeúntes, y sin mirar a ambos lados. De pronto, escuchó un pitido estruendoso, como si, en lugar de un coche, fuera uno de los autobuses que por allí pasan cada cierto tiempo el que la advirtiera. Entonces, sin fijarse siquiera de dónde procedía aquel sonido que la sacó de tan imprudente ensimismamiento, volvió sobre los dos pasos que había dado y se colocó de nuevo en la acera, habiendo dejado su corazón tres metros más allá, en mitad del paso de peatones.

Cuando se disponía a recogerlo, sin moverse un centímetro del sitio, ya seguro, que todavía pisaba temblorosa, y a colocarlo de nuevo en su lugar, ese lado izquierdo del pecho que se toca con frecuencia, de vez en cuando, para comprobar que continúa latiendo, una señora mayor la miró con ternura. ¿Me deja que le diga algo? Por un segundo, no merece la pena arriesgar la vida. Aunque nunca la había visto, o no se había fijado en ella, no había reparado en su rostro en el obrador ni en el supermercado ni en Correos, estaba segura de que llevaba viviendo en el barrio toda la vida, era una de esas vecinas que se saludan de balcón a balcón a diario para darse los buenos días y comprobar que están bien, que siguen vivas. Tiene razón, le respondió L., consciente de que en las palabras de esa mujer que le recordaba más a su tía Lola que a su madre no había ni rastro de condescendencia, estaban repletas, en cambio, del cariño y la bondad con que se cuidan las comunidades que no necesariamente comparten portal, simplemente rutina cotidiana, el preciado transcurrir de un tiempo que han aprendido a perder, es lo más valioso que tienen.

L. no me lo contó así, se limitó a mencionarlo de camino a la compra, quizá después de que nos cruzáramos con alguna de esas vecinas que bien podría haber sido la mujer del cruce providencial, sin detenerse en los detalles que yo, horas después, mientras trataba de atrapar el sueño, añadí a este pequeño cuento con final feliz, ambientado unos días antes de Navidad.

Lo hice, me lo conté, no sólo para ahuyentar al insomnio, también para tratar de alejar la tristeza —es eso, y no melancolía ni nostalgia— que me invade al llegar estas fechas, cae sobre mí como un pesado manto oscuro del que no me puedo zafar, va conmigo a todas partes.

Decir que no me gusta la Navidad no es acertado, ni cierto. Es una frase demasiado simple para describir cómo me siento en una época del año en la que la alegría y la felicidad parecen obligadas, no hay espacio para nada más, ni derecho a experimentar otros sentimientos, como si por contrato, el que firmamos al nacer, fuera así, cuando lo único inamovible de ese documento es la muerte.

Es ella la causante, las ausencias que en Nochebuena y Navidad, en Nochevieja y Año Nuevo, en Reyes, se hacen todavía más dolorosamente presentes, de que no tenga nada que celebrar. O eso creía. Hasta que, gracias al cuento que L. protagonizó hace unos días, me di cuenta de que fuimos creados para observar las estrellas y es un privilegio poder contemplarlas cada noche al lado de la persona a la que quieres. Feliz Navidad.

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